El ajedrez de Sheinbaum |
“Existen tres tipos de enemigos: los enemigos a secas, los enemigos mortales y los compañeros del partido.” Konrad Adenauer
“Existen tres tipos de enemigos: los enemigos a secas, los enemigos mortales y los compañeros del partido.” Konrad Adenauer
Una máxima de la política es la obtención y permanencia en el poder. Todas las personas que participan en política lo saben y, por supuesto, la presidenta lo entiende bien y actúa en consecuencia. Cada palabra, cada acción, cada iniciativa y cada movimiento son cuidados como si estuviera en medio de una partida de ajedrez.
Los operativos “colmena”, la iniciativa de reforma electoral fallida para dar paso al “plan B”, la “cabeza fría”, sus visitas a entidades federativas escogidas con mucho cuidado, su participación en Barcelona junto con otros mandatarios progresistas, su reflexión acerca de la utilización del fracking, la incesante repetición del respeto a la soberanía, la continuación del apoyo humanitario hacia Cuba, la supervisión constante a Morena, el partido oficial, -su partido-, seguir el camino de su líder, así como marcar distancia para zanjar su propio derrotero. Todas y cada una de estas decisiones tienen que ver con el poder.
Y en esa lógica, los cambios en el gabinete no son simples ajustes administrativos ni relevos técnicos, son movimientos estratégicos para consolidar control, enviar mensajes internos y proyectar estabilidad hacia afuera. En política, nadie llega ni se va por accidente. Cada nombramiento es una señal, cada salida una advertencia. Cuando una presidenta mueve piezas en su gabinete, mide equilibrios: corrientes internas, lealtades, eficacia operativa y, sobre todo, viabilidad electoral. No se trata únicamente de gobernar mejor, sino de gobernar lo suficiente para ganar después.
Los ajustes recientes evidencian esa doble lógica. Por un lado, se premia la lealtad probada, esa que garantiza disciplina en momentos críticos. Por el otro, se corrigen perfiles que no terminan de cuajar o que generan ruido innecesario. El mensaje es claro: la cercanía con el proyecto importa, pero la funcionalidad también. Nadie es indispensable si pone en riesgo la estabilidad del tablero.
En paralelo, los movimientos dentro de Morena refuerzan la estrategia de la presidenta. El partido no es solo una maquinaria electoral, es el vehículo de continuidad del proyecto. Por eso se vigila, se ordena y, cuando es necesario, se ajusta. Las tensiones internas -también naturales en cualquier organización política dominante- no se eliminan, se administran. La “unidad partidista” no es espontánea, se construye a partir de incentivos, castigos, disciplina y, claro, control.
En este tenor, la presidenta Sheinbaum necesita preservar el legado político que la llevó al poder, pero también imprimir su sello. Demasiada continuidad puede diluir su liderazgo, una ruptura flagrante puede fragmentar la base que la sostiene. De ahí que los cambios sean quirúrgicos, no rupturistas. Ajustes, no revoluciones. En el fondo, lo que estamos viendo es la operación de una regla no escrita, gobernar es anticipar la siguiente elección. Cada movimiento en el gabinete y en el partido responde a esa lógica. No se trata solo del presente, sino de asegurar el futuro.
Así, los movimientos en gabinete y partido, siguen una estrategia clara, la permanencia en el poder. Claudia Sheinbaum sabe bien que dicha permanencia se construye, se cuida y, sobre todo, se defiende. Y en esa defensa, los cambios -aunque parezcan técnicos o incluso menores- son, en realidad, jugadas clave en una partida hacia el 2027 y su legado.
ADRIANASARUR@HOTMAIL.COM