La hora de Japón para México |
En el arranque formal de la revisión del T-MEC, México llega a la mesa con una prioridad clara: preservar la certidumbre del acuerdo y desmontar aranceles que contradicen su espíritu. No es un detalle menor. Washington ha endurecido su política comercial, reactivó la presión sobre el acero y el aluminio y ha dejado ver que quiere una Norteamérica más cerrada, más vigilada y menos tolerante con cualquier triangulación productiva. En ese nuevo tablero, México no puede limitarse a mirar hacia el norte; necesita fortalecer, con inteligencia, a sus socios confiables de Asia.
En un capítulo que publiqué con la profesora Marta Ferrero Álvarez en el libro México-Japón y el nuevo orden mundial, sostuvimos que Japón debe ser entendido como un socio clave del Plan México, no sólo por su capacidad de inversión, sino por algo más importante: su experiencia en planeación industrial, formación de talento, transferencia tecnológica, construcción de clústeres y diplomacia económica eficaz. No se trata de copiar a Japón, sino de adaptar lecciones que pueden ayudar a México a subir de escalón en la economía global.
La tesis cobra hoy una vigencia mayor. México necesita pasar de una promoción fragmentada de la inversión a un modelo más articulado, con incentivos focalizados, cooperación universidad-industria, marcos regulatorios más flexibles y una política territorial diferenciada para regiones como el Bajío, la frontera norte, Baja California o Yucatán. Dicho de otra forma: la oportunidad no está en atraer capital por inercia, sino en atraer inversión que deje capacidades, proveedores, innovación y empleos de mayor valor. Japón, por su perfil productivo y su disciplina industrial, encaja de manera natural en esa ecuación.
Además, la coyuntura empuja en esa dirección. JETRO ha advertido que el comercio mundial atraviesa una transformación marcada por medidas arancelarias de Estados Unidos, inversión cada vez más selectiva y una creciente relevancia de las alianzas entre países afines. México, por su parte, cerró 2025 con una cifra récord de 40 mil 871 millones de dólares en IED. La pregunta de fondo no es si llega inversión, sino qué tipo de inversión llega y con qué propósito nacional se articula. Si el Plan México quiere ser algo más que una lista de buenos deseos, debe convertir ese flujo en política industrial de nueva generación.
Aquí Japón ofrece algo que hoy vale oro: confianza estratégica. En 2025 ambos países celebraron los 20 años del Acuerdo de Asociación Económica y mantuvieron mecanismos bilaterales para mejorar el ambiente de negocios. Esa institucionalidad importa porque, en tiempos de incertidumbre, los inversionistas no sólo buscan costos competitivos; buscan reglas claras, continuidad y socios serios. Y Japón, para México, representa precisamente eso: capital de largo plazo, tecnología, estándares, proveeduría sofisticada y una visión menos especulativa del desarrollo.
México necesita entender que el nearshoring, por sí solo, no construye un país. Puede traer plantas, pero no necesariamente desarrollo. Para que el momento actual se convierta en una verdadera palanca de transformación, hace falta una estrategia más fina: sustituir improvisación por planeación, discurso por ejecución y dependencia pasiva por alianzas inteligentes. Ahí Japón no es un socio más. Puede ser, de hecho, la bisagra entre el México maquilador del pasado y el México industrial que urge construir.
En esta hora de presiones comerciales, revisión del T-MEC y reordenamiento geoeconómico, la apuesta mexicana debería ser clara: más Japón, pero sobre todo mejor política industrial mexicana. Porque en el nuevo orden mundial no ganará el que atraiga más inversión, sino el que sepa convertirla en poder productivo propio.