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La búsqueda de estrategias disruptivas para el cambio

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13.05.2022

“No es casto”, le gritó la consagrada a Jimena Ávalos. La niña, desconcertada, interrumpió el juego de futbol y miró hacia abajo. Sus calcetas se habían deslizado y dejaban ver sus piernas. No le dijo a la prefecta que no comprendía el significado de aquella palabra, pero sí entendió que en esa escuela –de los Legionarios de Cristo– no se sentía libre y mucho menos feliz.

Un tiempo después, cuando se mudó con su familia a Colorado Springs, comprobó que se resistía a cualquier clase de adoctrinamiento. En su espíritu estaba la confrontación con la autoridad.

Durante un año de estancia en un internado en París, aprendió francés y regresó a terminar sus estudios en el Liceo Franco Mexicano, lejos de las consagradas. Quiso inscribirse en la UNAM, pero estalló la huelga. Su abuelo, un destacado litigante, le había dicho siempre que estaba destinada a ser abogada. Sin embargo, cursó un año de canto clásico en Florencia. “Me he beneficiado mucho de los privilegios de mi entorno, me han hecho quien soy, pero también he experimentado cierta sensación de rebeldía y resistencia a ese entorno”.

-¿Culpa?

-No, sólo no me siento a gusto en reuniones de gente adinerada. No siento que sea mi comunidad.

A los 13 años, Jimena Ávalos estaba entre amigos. Se inclinó sobre una barda y uno de ellos la nalgueó. Ella enfrentó al agresor, pero alrededor, comentaron unos y respaldaron otros: la culpa era suya, de esa falda. No pudo articular el argumento obvio a su favor, pero se documentó y toda esa información desató su convicción feminista. Leyó sobre el riot, el movimiento punk........

© El Financiero


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