El disfraz de una derrota

La malograda reforma electoral impulsada por la presidenta de la República, en sus distintas acepciones del Plan A, Plan B y Plan C —el edulcorado del B—, etcétera, ha exhibido una serie de lecciones políticas para Morena, para la 4T y para la propia presidenta.

Podríamos arrancar con: ¿México necesitaba una reforma electoral?

En pleno ejercicio de la objetividad, de las necesidades políticas y del máximo pragmatismo, la respuesta es NO.

No era necesaria una reforma electoral envuelta en el celofán engañoso de los ahorros y los costos excesivos, de la mejor representación y del pueblo —ese noble ingente que nadie sabe dónde está o a qué intereses responde— que merece elegir de mejor forma a los legisladores.

No era necesaria cuando, además, proviene del Ejecutivo, no de las fuerzas políticas en acción, en competencia y en búsqueda —prometidamente continua— de la mejora del sistema, de la mejor y más transparente operación de registro, conteo, reporte del voto ciudadano.

Nada de eso. Aquí se pretendía una reforma a las reglas desde el poder, señaladamente para mantener el poder, desequilibrar las condiciones de competencia y eliminar el piso parejo. Deplorable y lamentable desde el........

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