Trump: un antes y un después |
Desde el Congreso de Viena de 1815, celebrado tras el colapso del orden napoleónico, el mundo moderno entendió una verdad elemental: ningún imperio, ninguna potencia y ninguna guerra pueden sostenerse indefinidamente sin mecanismos de contención. La historia del poder no ha sido sólo la historia de la violencia, sino también la de los intentos –torpes, incompletos y frágiles– por construir espacios donde la política sustituyera al cañón como último recurso. Cada gran conflicto dejó tras de sí no sólo ruinas y muertos, sino también la conciencia de que, sin reglas compartidas, la barbarie termina por devorarlo todo.
El siglo XX, con más de 100 millones de muertos a causa de las dos guerras mundiales, no fue suficiente advertencia para impedir que el sonido de los cañones –ahora convertidos en misiles de largo alcance– volvieran a anunciar nuevas guerras. En su momento, de las cenizas del recuerdo emergió un entramado institucional diseñado precisamente para evitar que el mundo regresara a la lógica de las trincheras. Con todas sus limitaciones, ese sistema ofrecía alternativas: diálogo antes que guerra, alianzas antes que exterminio, diplomacia antes que imposición.
Estados Unidos fue una pieza central en esa construcción, aunque su relación con las guerras siempre estuvo marcada por la ambigüedad. En ambos conflictos mundiales evitó intervenir hasta que la realidad lo hizo imposible. En la Primera Guerra Mundial, la guerra submarina alemana y la muerte de ciudadanos estadounidenses forzaron la........