Lo peor de la guerra

Parece que cuando Donald Trump eligió a su gabinete lo hizo procurando que se cumplieran dos condiciones muy precisas. La primera, que el conjunto de sus miembros –salvo excepciones como la de Marco Rubio– no representarían una amenaza política para su propio protagonismo ni tendrían el mismo valor que él. La segunda, que él –tan desbordado en la expresión, tan irreverente en las convicciones y tan provocador en el juicio– necesitaba rodearse de un secretario de Guerra cuya dureza lo hiciera parecer incluso como fino, elegante y considerado.

El actual secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, lo dejó claro. En una de sus comparecencias, junto al jefe del Estado Mayor, ofreció una exposición que recordaba a las peores tradiciones retóricas del mundo que todavía se autodenomina civilizado. No se limitó a dar el parte militar –explicar la situación de las fuerzas y el desarrollo de las operaciones estadounidenses–, que es su obligación institucional. Cuando habló de los primeros muertos del conflicto afirmó que serían vengados.

Su declaración no fue casual. En otro momento, al referirse a las operaciones de eliminación selectiva de dirigentes iraníes mediante tecnología militar avanzada israelí, utilizó un término aún más inquietante: exterminio. Cuando ese lenguaje aparece en boca de quienes dirigen la guerra, es inevitable pensar que el conflicto ha entrado en una fase particularmente peligrosa.

La guerra es terrible. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Sin embargo, la humanidad ha sobrevivido a todas las guerras. Incluso a pesar de que con cada generación se eleva el nivel de destrucción, brutalidad y capacidad tecnológica para hacernos daño unos a otros. Lo preocupante es que en esta ocasión no parece posible una salida rápida o limitada.

No estamos ante un episodio breve ni ante una operación militar de pocos días como la que terminó con la captura y extracción de Nicolás Maduro en Venezuela. Tampoco estamos ante un conflicto regional que pueda........

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