Mariposas amarillas sobre un campo minado
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Tras haber caminado por todos los desfiladeros del insulto gratuito, de la propaganda negra (sin connotaciones racistas) y de una maratón de acusaciones mutuas; con adhesiones, declaraciones de “principio”, con una borrasca de amenazas y de visiones futuristas en bolas de cristal; después de tantos pronósticos brujeriles y de desesperados aullidos de gurús de la politiquería, es hora de volver a pensar (qué atrevimiento en estos tiempos de emoticones y emotividades irritadas) en qué consiste esa vaina compleja —y hasta folclórica— de “ser colombiano”.
Hay múltiples maneras, violentas y pacíficas, de ser colombiano. En un tiempo era sinónimo de poesía. En otro, de gentes de buen hablar. También hubo épocas de un país que podía definir sus credos políticos a machetazos, cuchillo y escopeta “ventiada”, como lo describe, por ejemplo, Gaspar Chaverra en El camino de Palonegro. O de otra manera, menos escabrosa, como lo declara un personaje de Ulrica, un cuento de Borges: “ser colombiano es un acto de fe”.
¿Qué importancia tiene definir qué es ser colombiano? La respuesta podría ensayarse, aunque siempre sea una aproximación, desde la perspectiva de un hombre que camina por........
