¡Oe, presidente, la pelota no se mancha!
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El balón (o la pelota) tiene, por encima de cualquier otro juguete, una ventaja que desafía y cuestiona la ley de la gravedad: no se cae. Sube, baja, se duerme, se eleva, rebota, se esconde, pero nunca le pasará lo que a una bicicleta, a un soldadito de plomo o a un avioncito de hoja de cuaderno. El balón de fútbol, y el fútbol mismo, es, con una sutil variación a la frase célebre de Javier Marías, la recuperación permanente de la infancia.
Es un juguete de fantasía y es el principal elemento para el universal juego del fútbol. En el muy evolucionado con el que se disputó el último mundial, hay, pese a las tecnologías y a los “procesos civilizatorios”, una memoria de aquellos balones antiguos, del siglo XIX y comienzos del XX, de vejigas encerradas en cubiertas de cuero. Tenían un problema (o varios): absorbían agua; por eso, se tornaban ultra pesados con la lluvia.
El balón, que mueve masas y produce millonarias divisas y plusvalías, tenía, hace años, un misterio: tal vez había que untarles cebo, o manteca de cerdo, ponerles una “ruana” para que la vejiga, que después tuvo un color anaranjado, no se saliera. “Que no se le vaya a salir la tripa al balón”, se........
