El puente y el escudo |
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En enero de 2026, cuando la muerte cayó desde arriba sobre las calles de Caracas y Minneapolis, escuchamos en el discurso cotidiano que la peste y el fuego habían regresado a las Américas. Ello no debería habernos sorprendido. A fin de cuentas, la violencia y el terror son la forma en que la mayoría de nosotros hemos sido introducidos en la historia en esta parte del mundo. Por negación, como sus soldados de a pie, rebeldes o desviados. Desde 1492, nunca hubo encuentros honestos entre nuestro mundo y eso que hoy llaman occidente, los imperios en decadencia, como dice María Lugones.
No se nos permitió ser testigos del rostro humano antes de que la plaga del racismo y el fuego de la guerra lo deformaran. Esa plaga se ha entrelazado con nuestras biografías, la vida cotidiana una imitación de los espacios de muerte y la atmósfera del campo de batalla que se apoderó de las tierras de nuestra infancia. La violencia es mimética. Se da origen a sí misma y se propaga como una tempestad o un incendio forestal. Como si fuese magia o maldición. “No aprenderé su maldito lenguaje”, dijo el emperador a sus vasallos en estos días. “Nos han impuesto su lenguaje,” responden quienes no desean volver a la esclavitud en las Américas, “lo hemos aprendido y lo usaremos bien........