Una indígena Maya que no machaca ser víctima, ni su etnocentrismo

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En 2009 fui contratado para evaluar programas de reforma judicial del Banco Mundial en Latinoamérica. El Viernes Santo llegué al Juzgado de Paz de Chichicastenango, Guatemala, ese día cerrado al público. Manuela Morales, indígena Quiché de unos 30 años, me atendió en el Centro de Mediación a su cargo, anexo al Juzgado. Vestía el elaborado huipil que usan mujeres indígenas en fechas especiales. Trabajadora social, casada con un estudiante de derecho, tenían dos hijos. Planeaban establecerse un tiempo en Argentina o España para que Manuela se especializara.

Varios afiches adornaban el juzgado. Uno mostraba un hombre elevado del suelo por la contundente patada de un policía. “¡La brutalidad policial existe. Basta ya!… torturas a manos de policías y soldados”, señalaba. Lo que antes hubiese sido un pasquín militante era ahora un letrero del Organismo Judicial. La escena era inconsistente con versiones, recurrentes en publicaciones académicas y medios, que nada había cambiado en la justicia Guatemalteca. Una mediadora Maya y esos afiches, por sí solos, mostraban una drástica caída del poder castrense y menor impunidad. El contraste con descripciones sobre los abusos sufridos por las mujeres indígenas........

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