Ceguera selectiva

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

Hay un tipo de incomodidad que el establecimiento tradicional colombiano no termina de digerir. No es política. Es estética. Es de formas.

Durante décadas, la élite bogotana –y buena parte de las regionales– ha sostenido un código tácito: la riqueza no se exhibe, sino que se hereda o se disimula. El poder no se ostenta, se ejerce. El exceso es vulgaridad. El dinero nuevo, sospechoso. El arribismo, imperdonable.

Por eso Abelardo de la Espriella produce rechazo en esos mismos círculos que hoy lo contemplan como opción electoral. Su estilo desborda los códigos de sobriedad que habían marcado el ingreso a ciertos círculos. Avión propio, despliegue, bravuconadas, exceso verbal, armas, maltrato, derroche, terciopelo, mucho terciopelo. No es, ni de lejos, el candidato que........

© El Espectador