Cómo apostar al fútbol

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Es época de fútbol, de partidos de infarto y de apuestas. Alrededor del mundo, millones de espectadores se toman de los brazos, cierran los ojos o aprietan sus amuletos, como si el deseo colectivo pudiera inclinar siquiera un milímetro la balanza invisible del destino.

El rito es profundamente humano: banderas que ondean por todas partes, cornetas atronadoras que convierten la ciudad en una tribuna desbordada; camisetas patrióticas, rostros pintados con los colores de la selección; aficionados retorciéndose en sus sillas como si la coreografía de sus cuerpos pudiera corregir la trayectoria del balón.

Durante 90 minutos, la razón se sienta en la banca y un sentimiento atávico, gregario y supersticioso toma el mando. En cierta ocasión, una señora bogotana me contó que, en su cumpleaños número 50, Dios le había regalado la dicha de ver a Colombia humillar a Argentina 5-0 en el Monumental de Buenos Aires. Le respondí que ignoraba que, desde la zarza ardiente y la apertura del mar Rojo, hubiera ocurrido un acontecimiento celestial de semejantes proporciones: el Creador del universo, ocupado hasta entonces en galaxias, agujeros negros, pecadores, suplicantes y moribundos, resultó ser hincha de la selección de Colombia y admirador secreto de Tino Asprilla.

Mientras tanto, los comentaristas deportivos, esos “sabios” de la tribuna, repiten lo que todos estamos viendo, pero lo hacen en un lenguaje afectado, vagamente técnico, que sirve para vestir la tautología con un traje de profundidad. Como ciertos economistas, poseen un talento admirable para explicar con absoluta seguridad por qué ocurrió exactamente lo que acaba de suceder. Si gana el favorito, el desenlace es inevitable; si pierde, también, solo que por razones descubiertas con admirable puntualidad después del pitazo final. Explicar el pasado nunca ha sido una proeza intelectual. Lo difícil, lo verdaderamente difícil, es anticipar el futuro antes de que el balón ruede.

¿Existirá alguna bola de cristal, aunque imperfecta, que nos permita prever no el destino exacto de un partido, sino su abanico de posibilidades? A primera vista, el fútbol parece pertenecer al reino más puro de la incertidumbre. Un resbalón, un rebote en el travesaño, una expulsión absurda, un error arbitral o un segundo de inspiración pueden torcer el destino de........

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