Oviedo |
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Lo conocí siendo un niño. Lo recuerdo muy bien. Abrigado en extremo, ensimismado, inteligente, sin gusto ni talento para el fútbol. Yo era el rector de su colegio. Para entonces escribía el proyecto Lápices para la Paz, una apuesta arriesgada en un país que se negaba a reconocer la plomacera y, peor aún, que la quería acabar con más plomo. Era 1993.
Y lo echamos a andar como una forma de vincular a la escuela con la realidad más allá de las Constituciones del Claustro Rosarista. Juan Daniel es de esos estudiantes que uno nunca olvida. Por ser común y corriente, pero a la vez, único. Nos encontramos hace un par de años en un foro sobre el papel de la educación en el empleo. Llegué unos minutos tarde y mientras buscaba en asiento en el enorme auditorio, se interrumpió y me saludó en público produciendo por igual mi rubor por el retraso y mi alegría por el gentil........