Por qué no me atreví a ser presidente
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Un amigo de toda la vida, al que no he visto casi toda la vida, ha fundado un partido político, lo que en mi país es un trámite tan frecuente como abrir un restaurante o una cafetería, y se ha postulado a la presidencia de la república, uno entre decenas de candidatos que aspiran a dicho cargo.
Hacía más de tres décadas que no veía a ese amigo. Nos conocimos en un periódico de derechas conservadoras. Cinco años mayor que yo, era un brillante editorialista que escribía la opinión del diario sobre asuntos de gobierno y yo un columnista de intrigas políticas menores. Hijo de españoles, mi amigo vivía en un castillo en el barrio de Miraflores que ocupaba una manzana entera. Nos gustaba ir al cine, tarde en la noche, tras salir del periódico. Quiso ser diplomático, se preguntó si era un escritor, acabó la carrera de leyes y estudió una maestría en ciencias políticas. Ya entonces descollaba por su inteligencia, su memoria elefantiásica y su cultura de lector curioso. Después de que el gran escritor perdiese unas elecciones presidenciales en nuestro país, descorazonados por aquella derrota, mi amigo y yo nos mudamos con cuatro maletas a Madrid, donde vivimos una temporada creativa, literaria, en un apartamento cerca al parque del Retiro, abocados a la tarea incendiaria de escribir ficciones. Todavía inacabadas esas novelas, nos peleamos jugando un partido de tenis, pues me acusaba de ser tramposo, y de pronto la amistad se interrumpió por esa circunstancia tan ridícula. Años después, me permití la travesura literaria de recrear aquella amistad, desde las licencias de la ficción, en una novela melancólica titulada “Los amigos que perdí”, cinco cartas dirigidas a cinco examigos, una de ellas, la que alude al ilustre doctor Guerra, inspirada por supuesto en él.
Luego pasaron muchos años, siendo oficialmente examigos. Me sentía un tonto cuando los amigos en común me preguntaban por qué nos habíamos peleado: por un partido de tenis, respondía. No nos vimos en más de tres décadas, ni siquiera de un modo fortuito en un aeropuerto, o en un restaurante, o en la fila para........
