El arrozal de don Justino

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En Davos, el supremacismo blanco bendijo el genocidio del resto de gentes. Mi resistencia contra esa ruptura es esta reivindicación del humanismo afrobaudoseño.

En la Boca del río Pepé, la comunidad sabía que Yeni había nacido con virtú, pero también que había que apoyarla para que creciera en inteligencia, sensibilidad, intuición y saber. Por eso, un sábado de mañanita, doña Fidelina le dijo: —Tenemoj que subí a azotá un arroz. Venite con nosotro pa que conojcá más hojas y bejucos que curan. Invitá a Caché—. Se embarcaron en una canoa que a don Justino le habían regalado sus ahijados cholos. En la mitad de la barca, él atravesó otra pequeñita o potrillo. Caché le preguntó a su abuelo si era por si se hundía la grande. —No; ya verá pa’ qué noj sirve—.

El niño nunca había navegado a remo. Disfrutaba de un silencio al cual tan sólo perturbaba esplop del canalete que penetraba el agua. Desde la proa alcanzaba a ver el retrato que las aguas mansas le hacían a la selva densa, al cielo, las nubes y los pájaros que sobrevolaban.

—Pichindé— afirmó doña Fide, cuando los niños señalaron esos árboles cuyas ramas casi rozaban el agua. —Loj má alto son obo— añadió y Yeni que se fijara que los de huevo son distintos a los de espina, pero la niña no se atrevió a decir que no entendía cómo a unos árboles tan distintos les daban el mismo nombre de obos.

En esas, don Justino dejó de remar para que las olas que hacía el bote grande no los perjudicaran. De madera, pintado de amarillo, verde y azul, era el platanero de la asociación campesina que iba hacia Buenaventura. El capitán Yonatan esperaba que esta vez los paras no le cobraran vacuna y en el mercado le........

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