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Pensemos en lo que nos divide

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02.08.2019

Casi siempre, las ideas tienen consecuencias. Por eso en ocasiones toca ser puntilloso. La alarma —genuina y legítima— ante el grado en el que se ha envenenado nuestra política dio pábulo a una narrativa que goza ya de aprobación amplísima: el país se encuentra polarizado, y por tanto todos los esfuerzos deben orientarse a calmar los ánimos y rebajar el flujo de adrenalina con unas buenas dosis de agua aromática y tono pausado y pontifical.

Debo decir que no tengo nada contra las buenas maneras y el equilibrio que preconizan diversos periodistas, expertos y pensadores. Nada se soluciona a punta de alaridos. De hecho, entiendo perfectamente bien que la calma e incluso aquel tono pueden tener un efecto positivo en un país que se encuentra sometido a tensiones brutales. Lo que me molesta es que la narrativa se basa en dos operaciones que ya van pasando su cuenta de cobro: una de falsas equivalencias y otra de simplificación maliciosa.

Falsas equivalencias: cuando uno habla de polarización supone que diversas fuerzas........

© El Espectador