Irán y el estrecho de Ormuz, epicentros del riesgo global

La reciente escalada militar entre Irán, Estados Unidos e Israel ha devuelto al Estrecho de Ormuz una centralidad que trasciende el ámbito regional y afecta de lleno al equilibrio energético mundial. En apenas unas horas, el miedo al cierre ya producido de este corredor marítimo esencial paralizó rutas, disparó el precio del petróleo y agitó los mercados como sólo lo hacen los grandes momentos de incertidumbre global. Ormuz es, de nuevo, un recordatorio de que la economía internacional puede tambalearse por la vulnerabilidad de un paso marítimo de apenas unas decenas de kilómetros.

El detonante inmediato fueron los ataques de Israel y Estados Unidos del 28 de febrero de 2026. La réplica iraní, sumada a los avisos de la Guardia Revolucionaria disuadiendo la navegación en la zona, llevó a las principales navieras internacionales a suspender cruces y desviar sus barcos por rutas alternativas. Lo que en principio parecía un episodio militar localizado se convirtió rápidamente en un riesgo logístico mundial: menos buques en circulación, mayores costes de transporte, pólizas de seguro más caras y un comercio marítimo que, literalmente, dejó de utilizar la arteria más importante del mercado energético global.

Sin embargo, sería un error interpretar esta reacción como un simple reflejo táctico ante un enfrentamiento armado. Tras ella subyacen factores más profundos que llevan años reconfigurando la posición de Irán. Entre ellos, destaca la evolución de su programa nuclear. Los informes internacionales más recientes señalan presuntamente incrementos en las reservas de uranio enriquecido y una disminución notable de la capacidad de verificación externa. Aunque no existe evidencia formal de una decisión política firme para fabricar armas nucleares, los informes de las centrales de inteligencia parecen haber manejado fundadas sospechas de que disponen del avance técnico necesario y de la masa crítica de uranio enriquecido para ello, habiendo ampliado la inquietud de sus adversarios hasta convertir al Régimen de los Ayatolás en una amenaza global potencialmente devastadora.

A este escenario se suma la relación estratégica entre Irán y Venezuela. Ambos gobiernos han reconocido públicamente en el pasado su cooperación en ámbitos nucleares de carácter civil, como la producción de radiofármacos o el reacondicionamiento de equipamiento técnico, a la vez que informes periodísticos apuntan a un posible apoyo logístico y financiero de Caracas a Teherán. Sea cual sea la magnitud real de dicha colaboración, la sospecha alimenta la percepción de que Irán estaba ensanchando su red de alianzas para reforzar su autonomía nuclear militar.

Pero, por otro lado, otro asunto igualmente trascendente a nivel global es la transformación y reordenamiento del mercando mundial de petróleo y gas que la nueva situación creada lleva consigo. La quinta parte del petróleo consumido en el planeta pasa diariamente por el Estrecho de Ormuz, a lo que se suma buena parte del gas natural licuado exportado por Qatar. Y todo esto circula por canales extremadamente estrechos, de unos pocos kilómetros por sentido, sin ruta alternativa que pueda absorber ese volumen en caso de cierre. Cualquier alteración, ya sea una amenaza explícita o la simple percepción de inseguridad, provoca una reacción inmediata en mercados y operadores. Esta vez no fue distinto: se redujo el tránsito, aumentaron los costes de seguro, se activaron desvíos por el Cabo de Buena Esperanza y el precio del crudo escaló con rapidez. Aunque Irán no haya cerrado el Estrecho de manera formal, el miedo puede ser tan efectivo como una orden: cuando los riesgos superan ciertos umbrales, la navegación se detiene por precaución.

A corto plazo, el impacto es directo: suben el precio del petróleo, el coste del transporte y las primas de riesgo. Pero lo verdaderamente relevante puede producirse en el medio plazo, cuando los mercados comienzan a redefinir sus cadenas de suministro y a buscar fuentes más estables y fiables fuera del Golfo Pérsico. En este contexto, algunos actores emergen como beneficiarios claros. De un lado Rusia, cuya reorientación hacia Asia tras las sanciones occidentales ha transformado sus rutas de exportación, lo que le ha permitido previamente aprovechar la situación ofreciendo petróleo con descuentos. Este precio atractivo compensa parcialmente los mayores riesgos regulatorios y logísticos asociados a su crudo. Lo cual, tras el cierre de Ormuz, puede generar al Kremlin un jugoso incremento de sus ingresos si la prima de riesgo sobre los barriles del Golfo sigue aumentando. Más relevante aún es el caso de Brasil, cuyo crecimiento petrolero ha sido notable. Sus yacimientos del presal han situado al país entre los grandes productores, con un crudo ligero, de alta calidad y de fácil aceptación en los mercados internacionales. Brasil no depende de rutas vulnerables ni de corredores geopolíticamente inestables, y puede abastecer tanto a Europa como a Asia en condiciones competitivas. Cada interrupción o amenaza en Ormuz convierte a Brasil en un socio más valioso y fiable. Y finalmente Venezuela, bajo el control de Estados Unidos, que combina un potencial inmenso con una fragilidad institucional notable. Aunque su recuperación petrolera ya en marcha será lenta, y necesita estabilidad, garantías y años de reconstrucción, su potencial puede implicar en el medio plazo un cambio muy significativo en el mercado mundial. Por ahora, su papel en el nuevo equilibrio energético sigue siendo más hipotético que real, aunque no por ello menos significativo a medio y largo plazo.

En conclusión, este conflicto está evidenciando, más allá de los asuntos geopolíticos de la seguridad global, una verdad incómoda: el mercado energético mundial sigue dependiendo de infraestructuras y corredores extremadamente vulnerables. La diversificación no es una consigna, sino una necesidad que implica construir oleoductos, flotas, terminales, contratos y alianzas duraderas. Ormuz seguirá siendo esencial, pero su hegemonía se debilita lentamente. En un mundo más multipolar y menos predecible, los mercados valoran, por encima de todo, la fiabilidad. Rusia ofrece precio; Brasil, estabilidad; Venezuela, una promesa condicionada. Esta redistribución del poder energético no se ha completado aún, pero el proceso ya ha comenzado. Y todo indica que es ya uno de los ejes centrales del nuevo orden económico mundial.


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