La basura no se barre sola

Llevo casi seis meses viviendo en Ciudad Juárez, y he aprendido que esta ciudad tiene mil maneras de mostrar su personalidad. El viento, por ejemplo, no solo te despeina: también te recuerda, con precisión quirúrgica, qué compró tu vecino anoche, gracias a las bolsas voladoras que decoran el cielo. Aquí la basura no descansa. Es omnipresente, como si quisiera ser parte de nuestra identidad colectiva. Un ícono urbano más, al nivel de la X gigante.

Sería injusto decir que a la gente no le importa vivir en una ciudad limpia. Lo que pasa —creo— es que se han acostumbrado al caos visual, a ese paisaje apocalíptico de bolsas de Sabritas atrapadas en los matorrales. A veces camino por sus calles y siento que la limpieza es un lujo aspiracional, como tener aquí sombra al mediodía. En Juárez, mantener la ciudad limpia parece casi un acto de fe

El alcalde Cruz Pérez Cuéllar lo entiende bien —y ha decidido enfrentarlo con seriedad— recientemente puso en marcha el programa “Juárez Amanece Limpio”, una campaña que busca, más que barrer calles, o limpiar terrenos, despertar una conciencia colectiva sobre lo que significa vivir en un entorno digno. En su primera jornada del año, el operativo retiró más de 3 mil toneladas de residuos en apenas 10 colonias. Sí, leyeron bien: tres mil toneladas.

De ese total, se recolectaron 1,425 toneladas de basura y hierba, 2,280 de escombro, 94 de tierra de arrastre y 192 toneladas de tiliches (ese eufemismo amable para todo lo que ya no sirve pero aún nos da flojera tirar). Y eso sin contar las 4 mil 423 llantas que se retiraron de las calles y lotes baldíos. Uno pensaría que, después de semejante esfuerzo, Juárez amanecería reluciente, casi relampagueante. Pero no. A los pocos días, nuevas montañas de desperdicios empiezan a aparecer, como si el polvo y los desechos tuvieran memoria.

Porque una ciudad limpia no depende de los camiones —aunque el municipio cuenta con 150 unidades dedicadas a la recolección domiciliaria— ni de las cuadrillas de limpieza —unas valientes 235 personas que, con escobas, palas y buena voluntad, intentan ganarle la partida a una ciudad de millón y medio de habitantes. Una ciudad limpia empieza en la mente y en los hábitos de quienes la habitan. Y sobre eso, tenemos mucho que reflexionar.

Da la impresión de que Juárez vive en un ciclo constante: cada jornada de limpieza arranca con entusiasmo, se levantan montones de basura, los vecinos participan con sus manos y sus escobas… y a la semana siguiente, los diques y arroyos vuelven a llenarse de restos domésticos. Porque muchos ciudadanos siguen usando esos espacios como basureros espontáneos, creyendo que la corriente del agua o el viento resolverán lo que la educación no da.

Lo curioso es que todos queremos vivir en una ciudad mejor. Nadie dice: “A mí me gusta convivir con la basura”. Pero entre el querer y el hacer hay un salto del tamaño del Bulevar Juan Pablo II. Quizás creen que la limpieza es “responsabilidad de otros”: del gobierno, del vecino, del camión recolector que pasa cada tarde. Y mientras tanto, el papelito en la banqueta sigue ahí, imperturbable, como recordándonos que si cada quien barriera su metro cuadrado, Juárez podría cambiar de rostro sin necesidad de tantos operativos. Ah, pero eso sí, cuando van a la ciudad vecina de El Paso, no tiran ni un palillo.

He vivido en varias ciudades mexicanas y pocas me han provocado esta mezcla de ternura y frustración como Juárez. Es una ciudad de contrastes: generosa, trabajadora y resiliente, pero con una batalla pendiente contra su propio desorden. Y quizá ahí está la clave del cambio: en entender que la limpieza no es solo una cuestión de servicios públicos, sino de respeto colectivo. Cuando una comunidad se limpia, se cuida. Y cuando se cuida, progresa.

Por eso, más allá de los camiones, los números y las jornadas, urge un cambio de mentalidad. Hace falta una gran campaña social que nos recuerde, todos los días y en todos los rincones, que tirar basura no es un acto menor. Que el espacio público es una extensión de nuestra casa. Que si queremos un Juárez más digno, debemos empezar por no ensuciarlo.

El esfuerzo del municipio es muy valioso, y debe continuar. Pero si no logramos que la ciudadanía lo acompañe, seguiremos barriendo lo mismo una y otra vez. El verdadero reto está en construir una nueva cultura urbana, una donde tirar basura sea tan mal visto como hacerlo en tu sala.

Quizás Juárez no cambie de la noche a la mañana. Pero si cada jornada, cada escoba y cada camión logran inspirar a unos cuantos a ser parte del cambio, estaremos un paso más cerca de esa ciudad que todos decimos querer. El día que Juárez despierte limpio, ese día también habremos despertado nosotros.


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