CIITA y Centro de IA son elefantes blancos

En Ciudad Juárez se han levantado espacios que prometen conectar a la región con la economía del futuro: innovación, inteligencia artificial, desarrollo tecnológico. En el papel, el CIITA y el Centro de Inteligencia Artificial representan justo eso: la posibilidad de que la frontera deje de ensamblar para empezar a crear. En la práctica, sin embargo, la distancia entre el discurso y la realidad comienza a hacerse evidente.

Porque, en una ciudad que vive de la industria y compite todos los días con mercados globales, la innovación no puede ser aspiracional. Tiene que ser medible, visible y, sobre todo, útil.

Y ahí es donde surgen las preguntas incómodas: ¿dónde están los proyectos que vinculan a estas instituciones con la maquila o la industria local?, ¿qué soluciones concretas están generando?, ¿cuál es su impacto real en la competitividad local? Cuando esas respuestas no aparecen con claridad, lo que debería ser motor de desarrollo empieza a parecer otra cosa.

Más bien, sin rodeos ni eufemismos, ambos proyectos son elefantes blancos que solo consumen recursos, pero no aportan nada.

El CIITA —Centro de Innovación e Integración de Tecnologías Avanzadas— es, hasta ahora, un ejemplo de cómo un nombre rimbombante parece sustituir a los resultados.

Bajo una etiqueta que presume vanguardia y desarrollo tecnológico, lo que realmente sobresale es una ausencia difícil de justificar: no hay evidencia pública suficiente de proyectos productivos, de vinculación efectiva con la industria ni de aportaciones concretas a la competitividad de Ciudad Juárez.

Y ese vacío no es menor. Se trata de recursos públicos, de infraestructura y de una ciudad que necesita con urgencia dar el salto hacia mayor valor agregado.

En ese contexto, la falta de resultados deja de ser una omisión técnica y se convierte en un problema de fondo. Porque, mientras el discurso se mantiene cómodo en la narrativa institucional, la economía real sigue esperando algo más que promesas.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿quién responde por esto?, ¿cuánto se ha invertido en el CIITA y qué resultados concretos puede mostrar hoy? En cualquier proyecto serio de innovación, los indicadores son claros: proyectos en marcha, empresas vinculadas, soluciones implementadas. Aquí, en cambio, la opacidad y la falta de resultados empiezan a pesar más que cualquier discurso.

Pero hay una pregunta de fondo que nadie parece haber respondido: ¿a quién se le ocurrió que las maquiladoras iban a abrir sus diseños, planos y procesos para que fueran “mejorados” por terceros? En una industria donde la confidencialidad es regla y no excepción, esa premisa no solo es optimista: es ajena a la realidad operativa del sector.

Desde el inicio se habló de prestar servicios de mejora a empresas maquiladoras, pero la idea nunca terminó de aterrizar en el sentido común.

Primero se invirtieron millones en infraestructura con metas más aspiracionales que viables; después vino el choque con la realidad: no hubo conexión, no hubo adopción, no hubo “clic”. Y cuando un proyecto nace desconectado de la lógica de su propio mercado, el resultado suele ser el mismo: instalaciones que existen, pero no inciden.

En la práctica, la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez ya cuenta con laboratorios plenamente funcionales dentro del Instituto de Ingeniería y Tecnología, cuya actividad y alcance superan con claridad lo que, hasta ahora, se observa en el CIITA. Esto plantea una pregunta inevitable: ¿para qué duplicar infraestructura si la existente ya tiene capacidades probadas?

Lo que emerge es una posible duplicidad de funciones que no solo resulta ineficiente, sino difícil de justificar en términos de política pública. Porque, si una institución ya genera resultados tangibles, la creación de otra estructura paralela sin impacto visible no suma: dispersa recursos. Y, en el peor de los casos, abre la duda más incómoda de todas: si realmente se está haciendo algo ahí.

Luego entonces, se tiene un problema de índole existencial en el CIITA, pero también en el llamado Centro de Inteligencia Artificial, donde no se ve nada relacionado ni de impacto en el tema. Quizá algún curso para justificar presupuesto, pero nada más.

La Secretaría de Innovación y Desarrollo del Gobierno del Estado debe pronto rendir cuentas sobre este y otros proyectos que duermen el placentero sueño, como si la realidad económica de la ciudad fuera de bonanza extrema.

Y deben hacerlo con presteza y mucha más claridad en metas y objetivos que cuando se lanzaron los millonarios proyectos. Tal vez, si se hubiera invertido ese dinero en la bolsa o en algún tipo de renta fija, estaría dando mucho más de lo que hasta ahora han hecho, si se permitiera la comparación.

Hasta donde se sabe, llevan más de 250 millones de pesos de inversión, pero con tan mal tino que no hay algo que pueda presumirse como un gran beneficio para tan alto costo.


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