Cuento de primavera

Los rayos del sol resplandecían sobre el agua en la fuente. Hasta se podía escuchar el viento fresco que movía las ramas de los árboles que daban sombra a las banquitas que rodeaban la plaza principal. Era un día perfecto para pasear por las calles sombreadas de Paso del Norte aquel 21 de marzo de 1880. Sin embargo, aquel pueblo a orillas de un río parecía tener como único habitante a la campana de la iglesia que anunciaba las horas. Rumbo a las cuatro de la tarde apareció por la calle principal un carrito de madera jalado por dos caballos, uno pinto y el otro bayo. Trepado como chofer iba un hombre de camisón y sombrero de paja, junto a él una mujer de vestido pintado de flores.

Los extraños visitantes se asombraron por la soledad de su destino. Iban viendo a los costados fachadas desoladas de tiendas de curiosidades, mesones y abarrotes. Los caballitos se detuvieron justo frente a una pileta frente a la plaza, mientras estos se refrescaban los pasajeros aprovecharon para caminar por aquel pueblito tan misterioso. Dieron una vuelta por la plaza principal y entraron a la sencilla misión que tenía sus puertas abiertas, aunque seguían sin cruzar palabra con algún habitante. Sin disimulo comenzaron a bajar su equipaje que no se veía poco y comenzaron a montar una pequeña carpa en un área libre de la plaza principal.

Rumbo a las seis de la tarde la pareja ya tenía montado todo. La mujer preparó una mesita y sobre ella colocó un fonógrafo de gran corneta que funcionaba con tan solo darle cuerda. Todavía era hora que el pueblo permanecía en completo silencio. Sin perder tiempo los intrusos dispusieron su campamento en un solar cercano a la iglesia, con lo que parecía no se iban a mover muy pronto. Una vez instalados fueron a pegar anuncios por rededor.

Llegó la primera noche y aquella carpa de franjas rojas con blancas estaba lista, solo se necesitaba del público. Salió la mujer con un bello vestido de color azul oscuro y puso un anuncio que decía: “Títeres gratis” al mismo tiempo que el hombre, ahora de moño dorado, daba cuerda al fonógrafo que anunciaba una alegre melodía. La pareja se sentó fuera de la carpa con paciencia esperando a algún niño que se acercara por curiosidad, sin embargo, pasaron las horas y ni un fantasma rondaba por ahí.

Desconcertados no tuvieron el valor de ir a tocar a las casas, pensando que tal vez no estaban habituados a los viajeros, por lo que se dispusieron a descansar. A la mañana siguiente visitaron la escuelita, pero la encontraron sin alumnos ni maestra. No podían comprender lo que estaba pasando hasta que caminando por uno de los callejones se asomaron a la ventana de una panadería y vieron al panadero completamente dormido. Al notar eso pensaron en lo extraño que nada se moviese por ahí, por lo que fueron al edificio de gobierno y se toparon con los guardias dormidos sobre sus sillas.

Tomando valor la pareja decidió entrar a una casa que tenía la puerta abierta y su sorpresa fue ver a toda la familia en una somnolencia poco habitual. Entraron a otros lugares y el resultado era el mismo, ya no había duda, ese Paso del Norte había caído en una epidemia del sueño. Eso explicaba que nadie se acercara a disfrutar del bello arte de los títeres al cual se dedicaba la pareja nómada. Ellos iban de pueblo en pueblo cargando con sus representaciones de bellos cuentos de hadas. Es así que aquella compañía de títeres tenía el reto de desperezar a su público y para eso debían usar la magia de los títeres.

Esperaron a la noche para emprender su plan. Al amanecer niñas y niños de cada hogar fueron despertando para darse cuenta de sus regalos: bellas marionetas hechas por aquella pareja de titiriteros. Los niños despabilaron con su emoción a todo el pueblo y rompiendo con ese sueño que parecía eterno. Al salir se dieron cuenta de la carpa de títeres, aunque ya no se veía rastro de aquel carrito jalado por dos caballos, uno pinto y el otro bayo.


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