Una piedra en el zapato

Ciudad de México.- En Parras de la Fuente, uno de los más bellos lugares de mi natal Coahuila, tenía su taller un zapatero remendón. El letrero con que se anunciaba era anfibológico, o sea ambiguo: "Zapatero. Hace de hombre y de mujer". El mismo oficio profesaba en mi ciudad el Caifas, cuyo extraño apodo ni él mismo podía descifrar. Vivía y trabajaba en una de las accesorias, pequeñas viviendas que rodeaban la planta baja de la plaza de toros de Saltillo. En otro de esos cuartuchos vivió durante varios meses con una prostituta un torerillo que después sería gran figura de la fiesta brava: Rodolfo Rodríguez, el Pana. De ahí el hermoso brindis que hizo en la Plaza México "a las putas que me dieron la tibieza de sus muslos cuando yo no era nadie". Tuve amistad con el Pana, pues me honra ser amigo de poetas, y en cada torero hay un poeta que rima sus faenas con la muerte. Las corridas de toros en mi ciudad eran en lunes. Los diestros que toreaban el domingo en Monterrey lo hacían el siguiente día en Saltillo para ganarse algunos pesos más. Y el zapatero Caifas, ferviente aficionado, advertía a su clientela por medio de un cartel: "En tarde de toros ni tacones pongo, y pago por que no me ocupen". Zapatero remendón era igualmente........

© El Diario