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Cabo Cañaveral

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03.04.2026

Cabo Cañaveral ha vuelto a nuestras vidas. Lo necesitábamos. En un mundo tan convulso, encontrarse otra vez con Cabo Cañaveral es hallar un inesperado valor ... refugio, el patrón oro de nuestra infancia. De nuevo hay astronautas en el firmamento, embarcados en una carrera espacial que tarde o temprano acabará ganando China. A estas alturas, en alguna oscura factoría de Wenzhou, ochenta mil ingenieros, muchos de ellos niños, estarán copiando el diseño del Artemis II para dentro de dos años lanzar al espacio exterior un cohete igual pero con mayor autonomía y más barato, con el salpicadero de plastiquillo y la tapicería de cuero fingido. Da igual quién gane. Desde allí arriba los seres humanos, sin distinción de sexo, religión y nacionalidad, tenemos que aparecer como lo que realmente somos: seres mínimos, irrelevantes, profundamente ridículos, unos ácaros con ínfulas que un día nos extinguiremos y el universo ni lo notará.

La carrera espacial es costosa pero inofensiva y puede resultarnos muy útil en términos geopolíticos. Si conseguimos que a Trump le interese la Luna, quizá lo distraigamos y aparte su mirada del estrecho de Ormuz, ese puzle que ha desmontado de un puñetazo y cuyas piezas ahora no sabe cómo encajar. A Trump lo vamos conociendo. Sería un error ponerle en bucle los vídeos de Carl Sagan para que se le despertara el apetito por la astrofísica y tampoco confío en que los jefes de la NASA le expliquen las utilidades prácticas de sus experimentos. Solo tendremos éxito si alguien, tal vez Melania, se le acerca al oído y le susurra: «¿Has visto, Donald, lo bien que quedaría un salón de baile en ese cráter? ¡La Luna está pidiendo a gritos unos apliques dorados!».

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