A las dos fueron las tres
Los niños de los setenta no teníamos biorritmos. Los relojes cambiaban de hora dos veces al año y nadie se preocupaba por nosotros. No recuerdo ... haber sufrido trauma alguno por este baile de manecillas y tampoco salían pediatras en los telediarios advirtiendo de los severos peligros que estábamos corriendo. En los informativos de antes solo aparecían tipos rarísimos, como el general Jaruzelski o Deng Xiaoping, y no había espacio para más. Tengo vagos recuerdos de mi pediatra: era un señor calvo, con bigote y muy mala hostia que siempre consultaba un libro rojo enorme. Le llega mi madre a decir que el cambio de hora me tenía irritable y aquel libro rojo enorme habría acabado en mi cabeza. Luego, eso sí, me hubiera cosido los puntos con la precisión que le caracterizaba.
Puede que cambiar de hora sea como fumar cigarrillos o conducir sin el cinturón, cosas de las que antes no nos preocupábamos y hoy sabemos que eran conductas suicidas. Otra posibilidad es que a los niños, fruto de la inexorable evolución humana, les hubieran salido los biorritmos a finales de los noventa y eso les haya hecho extremadamente sensibles al cambio horario. Se trata de una enfermedad pasajera, que solo se da en la infancia, como sabemos los padres de hijos adolescentes. Si un sábado a las dos de la mañana de pronto les dan las tres, los chavales ni se enteran, aunque volver a casa de amanecida les resulte un poquitín más heroico.
Lo que no sé es por qué nuestro presidente, que en octubre se grabó un vídeo anunciando medidas urgentes y expeditivas en contra del cambio de hora, todavía no ha hecho nada. ¡Dese prisa, hombre, que los niños están insoportables!
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