Desprotegidos y acogedores

Con todo sentido se ha dicho que la calidad de una comunidad humana puede medirse por el cuidado que presta a su infancia. Aplicado esto ... a nuestro territorio, no parece que salgamos mal parados. Así se desprende del trabajo llevado a cabo desde hace más de tres décadas en Gipuzkoa para la protección de menores en situación de grave riesgo o desamparo, y que va a ser uno de los temas sobre los que se hablará el próximo jueves en Donostia en una jornada organizada por la Diputación Foral y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos con sede en Estrasburgo (TEDH).

La protección de menores es una cuestión compleja con derivadas jurídicas, procesales y sociales que requiere atención rigurosa, técnica y sensible. Dadas las consecuencias que tiene para todas las partes —el niño o la niña en primer lugar, la familia biológica y la familia de acogida—, su gestión implica a profesionales del ámbito judicial, del administrativo y del psicosocial.

En un artículo publicado en los 'Cuadernos de Derecho Transnacional' que edita la Universidad Carlos III, la jueza del TEDH María Elósegui Itxaso, tras hacer repaso a los principios generales sobre acogimiento familiar asentados en la jurisprudencia europea, fija algunas recomendaciones para su puesta en práctica en España. Pone en valor la jurista el modelo establecido por la Diputación guipuzcoana por la peculiaridad que supone que, aquí, el o la menor que es sujeto de acogimiento familiar permanente no por ello pierde el vínculo con su familia de sangre salvo que esto suponga perjuicio. Buscando un equilibrio entre los derechos de los padres naturales y la protección de los del menor, el modelo resulta respetuoso para unos y otros, al tiempo que incentiva a la familia biológica a normalizar una relación generalmente difícil. La norma se aplica en Gipuzkoa al 90% de los casos con buenos resultados hasta el momento.

Ahora bien, no siempre es fácil encontrar una familia de acogida y, por ello, en ausencia de personas dispuestas en el propio entorno parental (abuelos, tíos, etc.), vemos cómo recurrentemente desde la institución se hace llamamiento a la sociedad en demanda de voluntariado. Asunto delicado. Porque hay quienes ven la figura del acogimiento como apenas una paternidad de préstamo y potencial fuente de frustración. Quizá es que cuesta comprender que en la acogida el afecto no se funda sobre un título registrado en el Libro de Familia sino en el generoso desprendimiento que se expande, día a día, en libre y sana convivencia.

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