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Más imperio

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07.03.2026

Es más fácil que sepamos si los androides sueñan con ovejas eléctricas que saber lo que sueña Donald Trump con respecto al futuro del mundo, ... más allá de adivinarle al pintoresco presidente un talante imperialista y mesiánico, conforme a su mentalidad megalómana e infantiloide, con el capricho por guía y con la pataleta como recurso de autoridad. Mientras anda entretenido en convertir Irán en otra escombrera, ya amenaza con hacerse de aquí a unas semanas con el control de Cuba, en la que parece ser que se reserva a Marco Rubio un destino de virrey.

En Cuba, llegado el momento, va a tenerlo fácil: aquello es ya prácticamente una escombrera, y no creo que necesite más explosiones que las de los fuegos artificiales que celebren el paseo triunfal de las tropas norteamericanas por las calles con socavones y cúmulos de basura de La Habana, porque allí la gente lleva décadas viviendo bajo la bota del difunto Fidel, un charlatán disfrazado de militar que prometió igualdad y que, curiosamente, cumplió con lo prometido, bien que de una manera un tanto inesperada: convertir a todos los cubanos -sobre todo cuando la isla perdió su condición de concubina de la URSS- en pobres de solemnidad. Bueno, a todos no, porque la 'nomenklatura' -y no hablo de oídas- vive allí en una plácida burbuja aproximadamente capitalista, hasta el punto de que a un enfermo no se le suministran medicamentos, alegando carestía de ellos por el celebérrimo y absurdo embargo, pero a una señora con un cargo público -y no hablo de oídas- se le practican cuantas operaciones de cirugía estética crea necesarias para sentirse a gusto con su imagen.

Más que un régimen comunista, Cuba ha sido -y sigue siendo- un régimen retórico. Frente a la eficiencia, la elocuencia. Frente a la gestión, la perorata. En sus muros pueden leerse eslóganes como el de REVOLUCIÓN O MUERTE, que suena a aquel viejo chiste de '¿Makumba o muerte?'. Y es que entre la revolución y la muerte hay un abanico de opciones, casi todas preferibles para alguien que no tenga complejo de héroe nacional, y ese ha sido uno de los muchos problemas de los mandatarios cubanos: el haber reducido la realidad a esa disyuntiva desatinada. La ciudadanía podía carecer de alimentos y de medicamentos, pero no de discursos de varias horas de duración. Tristemente, se imagina uno a los cubanos como a los habitantes de aquel reino indeterminado y decadente del poema de Cavafis que ansiaban la llegada de los bárbaros como una solución.

Allí Trump, ya digo, va a tenerlo fácil, sin necesidad de disparar ni una bala. Además, la isla es idónea para construir resorts de lujo. Tan idónea como la franja de Gaza. De manera que todo en orden.

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