Gipuzkoa con la misma camiseta

Gipuzkoa ha respondido a la victoria de la Real Sociedad en la Copa con una movilización masiva que ha dejado patente la dimensión real del ... sentimiento txuri-urdin. La extraordinaria fiesta recreada ayer por miles de realzales en las calles de Donostia y un Alderdi Eder que se quedó pequeño –prolongación natural de la ya vivido tanto en Sevilla como en todo el territorio desde antes incluso de ese quinto penalti que llevó al equipo a la gloria– fue un auténtico alarde de la pasión que atraviesa Gipuzkoa de norte a sur y de este a oeste. Porque el alcance del triunfo conseguido en La Cartuja va mucho más allá de la suma de un trofeo a una vitrina que apenas se ha abierto en estas cuatro décadas. Todo ese tiempo sin una celebración compartida había ido generando una necesidad casi imperceptible, pero que quedó al descubierto ayer en miles de gargantas entonando cánticos, en familias enteras, cuadrillas de amigos, compañeros de trabajo y generaciones muy distintas que encontraron un lenguaje común en esos himnos, en las bufandas al aire y en una emoción desbordada. Han sido varias generaciones de realzales las que, si bien han disfrutado de vivencias especiales con la Real, alternando momentos de intensa alegría con otros de frustración e incluso tristeza, nunca habían podido experimentar en su propia piel una sensación así de liberadora. Y ha quedado también demostrado que, si bien la Copa conseguida en 2021 pasará a la historia del club txuri-urdin como un gran hito –especialmente por el componente añadido de tratarse de un derbi–, nada se compara con conquistar un título junto a los tuyos, en comunión con una grada que se abraza, llora, salta y canta sin distinción, con la certeza de que a cientos de kilómetros esas mismas escenas se repiten en innumerables rincones del territorio.

Por todo ello, la victoria de Sevilla y las celebraciones que la han acompañado quedarán ancladas en la memoria colectiva, igual que lo hicieron en su día las de las Ligas del 81 y el 82 o aquella Copa del 87; unos recuerdos que, sin embargo, ya habían quedado demasiado lejos en el recuerdo y que la gran mayoría de los realzales solo conocen hoy como relato. Para todos ellos este triunfo, la fiesta de estos días, el viaje, las paradas de Marrero, el gol de Marín... serán el gran hito, su Gijón o su Zaragoza, al que volverán una y otra vez en momentos de dificultad; cuando necesiten, de alguna manera, alimentar esa pasión txuri-urdin o simplemente al mostrar el orgullo de pertenecer a un club con el que se sienten plenamente identificados. Porque la Real ha vuelto a ejercer como hilo conductor entre realidades muy distintas, unidas todas ellas bajo un mismo sentimiento de vínculo hacia unos colores y un proyecto que se perciben como propios, con unos valores, en los guipuzcoanos se sienten reconocidos. En un contexto tan convulso como el actual, marcado por la incertidumbre, la inestabilidad, las tensiones geopolíticas y económicas, y un ritmo de vida que ofrece pocas pausas, el fútbol aporta esa oportunidad de poder pisar el freno, un refugio emocional donde guarecerse por unas horas. Y la consecución de esta cuarta Copa del Rey ha supuesto la mejor oportundidad para salir a la calle a celebrarlo junto a todo un territorio, no solo como una forma de evasión, sino como una descarga de tensión necesaria. Cuando la normalidad regrese, el ruido se apague y la calle recupere su pulso cotidiano, permanecerá la memoria de haber vivido algo juntos, de haber sentido, aunque solo fuera por un instante, que un territorio entero latía al mismo ritmo.

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