Todo el mundo al suelo... de hormigón
La interpretación mayoritaria de la desclasificación de los papeles secretos del 23-F consagra la intentona golpista como uno de los principales exponentes del brutalismo ... finisecular español. En un siglo XX rico en asonadas militares con tendencia al salvajismo, el 23-F, que ya en 1981 brilló con luz propia en el ámbito de las grandes chapuzas, vuelve a hacerlo con una documentación inaudita, quién sabe si fruto también de una labor de archivo y custodia de auténtica broma.
El relato consagra un golpe de estado sin revestimientos externos ni innecesarios ornamentos, en el que lo que se ve es precisamente lo que hay. El material del golpe está a la vista: hormigón armado. La violencia de Tejero en el Congreso que espantó incluso al general Armada, la aparición por doquier del término «coño», la descomunal ingesta de alcohol de aquella noche en la sede de la voluntad popular o el desfile de tanques por las desérticas calles de Valencia conspiran contra cualquier idea de sibilina sofistificación. Brutalistas fueron también las llamadas del monarca para que no hicieran nada unos generales que –con excepción de Milans del Bosch– llevaban todo el día sin hacer nada. Y qué decir de las incendiarias conversaciones telefónicas de doña Tejero, lo más parecido a una «autoridad militar competente» que aparece en toda esta historia.
La democracia era frágil, pero la antidemocracia aún más. O nos faltan datos o a diferencia de lo ocurrido en 1936 carecía de grandes apoyos económicos. Chapuza, improvisación, titubeos, balbuceos, amagos, ocurrencias, fantochería y diálogos de besugos dieron como resultado un galimatías que quizás paró el monarca, pero que en los términos descritos, no hubiera conseguido sacar adelante –disculpen el brutalismo–, ni dios.
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