Sean realistas y pidan una entrada

Quien haya seguido las vicisitudes de la afición realista con las entradas de la final de Copa en Sevilla a través de personas interpuestas tendrá ... una visión muy sesgada de la gincana que han debido superar los interesados, a base de antigüedad del carné de socio, sorteos indescifrables y precios inflados.

Por este calvario habrá pasado hasta la pareja que concibió a su hijo aquella noche campeona de 2021, algo que debería asentarse como tradición, de ser necesario, mediante sorteo. Respecto a las camisetas, la vintage no ha molado y la conmemorativa de la final no ha dado tiempo a fabricarla.

En medio de tanta desdicha, hay motivos para el regocijo: por un lado, si el desplazamiento, la entrada y el alojamiento para asistir a esta cita inolvidable te parecen caros es porque aún no has ido a la gasolinera ni te ha llegado la factura del gas post cierre del estrecho de Ormuz. Por otro, las vesanías del negocio del fútbol aún están lejos de las de la industria musical, con sus colas virtuales, sus caídas de sistema y sus precios dinámicos.

Y finalmente, se gane o se pierda, es muy improbable que haya violentísimas cargas policiales y un reguero de heridos, tal y como pasó en la final del 30 de marzo de 1988, en la que se sabe con cuántos aficionados contó cada equipo –30.000 de la Real frente a 5.000 del Barça–, pero no con cuántos futbolistas en disposición de ganar o de perder. A la vista de tanta desdicha, dan ganas de exclamar: ¡qué tiempos aquellos en los que cada año nos eliminaba del torneo el Escalerillas de turno y sin embargo, éramos felices sin saberlo! Cabe preguntarse si la afición del Athletic también vivió su final con semejante zozobra o, simplemente, todo se reduce a que es muy duro caminar como un guipuzcoano.

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