No a qué guerra
Fuerzas de la Guardia Revolucionaria de Irán, en unas maniobras en la costa del Estrecho de Ormuz en 2022 / Iranian Army Office/ZUMA Press W
Partiendo de la premisa de que nadie que se sienta seguro –no amenazado con que le invadan, le bombardeen su casa, violen a sus mujeres, cuelguen a los homosexuales o directamente le maten– es partidario de la guerra, es obvio que anunciarlo parapetado tras una pancarta desde las calles y plazas de una sociedad libre y democrática no es sólo cómodo, sino pueril y simplista. Decir que se está en contra de la guerra –como le gusta airear a la izquierda radical cuando les interesa desde una perspectiva netamente electoralista– es lo mismo que decir que se está contra la pena de muerte, el cáncer o la peste bubónica.
Pero cuando la guerra surge, hay que meditar de qué parte se está. Irán, no lo olvidemos, es un país teocrático, regido por un régimen fanático que no sólo mata a sus gentes –se calcula que durante las últimas protestas masacraron a decenas de miles de personas, la mayoría mujeres–, sino que exporta y apoya el terrorismo: Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano, así como diversas milicias en Irak, Yemen y Siria. Lo que se traduce en una perversa y desestabilizadora influencia en el Medio Oriente.
Por supuesto que el derecho internacional existe. Aunque es menester señalar que la ONU hace más bien poco cuando uno de los cinco países que tienen veto en el Consejo de Seguridad se lo salta a la torera cuando considera afectada su seguridad o, simplemente, sus intereses políticos y comerciales: véase Rusia invadiendo Ucrania. E incluso hay determinados países que consideran que cuando se vulneran los derechos humanos, o cuando países peligrosamente tiránicos y expansionistas como Irán están a punto de conseguir armamento nuclear, el derecho internacional pasa a un segundo plano.
Y mientras tanto, a Europa, como siempre, este tipo de acontecimientos le coge con el pie cambiado. Nadie se pone de acuerdo en una respuesta coordinada y efectiva. Una Europa que cada vez es más dependiente (energía, defensa, población envejecida, falta de materias primas para sus cadenas productivas…) y menos competitiva. Una Europa que olvida que la defensa de la democracia y de la libertad exige un compromiso firme y sin fisuras, aunque ello lleve implícito un desgaste permanente.
Y ante tal panorama bélico, el mundo se convulsiona, las bolsas tiemblan, el precio del barril de petróleo ronda los 100 dólares, y los gobiernos se ven abocados a tomar medidas urgentes que palíen en lo posible el aumento de los precios. Algunos ya lo han hecho. ¿Y que hace nuestro gobierno, liderado por el campeón mundial del amor y de la paz? Nada. Bueno, sí: recordarte que cuando vayas a la compra o a echar gasolina mires al cielo y digas: «No a la guerra» y, entonces, el precio bajará. O no. Que es lo más probable.
El gobierno se hace el remolón porque, mientras se lo piensa, está llenando las arcas de Hacienda. Lo que pretenden es recaudar más a nuestra costa para, luego, quizás, darte una ayudita para que les des las gracias por concederte un dinero que, previamente, te han quitado. Mientras tanto, la oposición y los empresarios piden rebajas fiscales, que deflacten los tramos del IRPF para ajustarlos al aumento de la inflación, que baje el IVA de los alimentos, que doblen la deducción por hijos, suprimir el impuesto de la generación eléctrica para abaratar el precio de la luz, entre otras medidas.
Pero el gobierno del «No a la guerra» se niega. Porque dicen que bajar impuestos es de derechas. Aunque cualquier economista sabe que la excesiva presión fiscal, sobre todo el de Sociedades, desincentiva la economía. De hecho, el impuesto de Sociedades se ha disparado con este gobierno un 57 %. Sánchez ha aprobado 97 subidas entre impuestos y cotizaciones. De esta forma, el sanchismo, gracias a incrementarnos la presión fiscal, ha llegado a recaudar casi 300.000 millones de euros.
Lo ciertos es que a Sánchez esto de la guerra le importa una higa. Es sólo una excusa más para que en España se hable de lo que a él le interesa, y no de la corrupción que le rodea o de los problemas reales que tenemos los españoles.
