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Hurgar la tierra para convertir la periferia en centro

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14.02.2026

Hurgar la tierra para hacer de la periferia el centro / E. D.

En el mar se abre un archipiélago de identidades literarias donde brotan pequeñas y grandes islas que reverdecen. Tienen rasgos comunes entre ellas, pero no por ello pierden su voz e identidad propias. Por eso las autoras del presente cantamos juntas, pero no al unísono. Desentonamos un coro de voces que define desdibuja dilucida y descompone qué es la canariedad, qué es la juventud, qué es lo femenino, qué es incluso la literatura.

Escribimos como guarras, descentradas, ñoñas y protestonas, como todo ello a la vez o como nada en concreto. Escribimos con rabia y romanticismo una nostalgia guardada en el pecho y unas ansias que nos estallan en las cuencas por hacer erupcionar el presente. Escribimos, o no lo hacemos, o lo hacemos a medias, porque las costuras de lo que tradicionalmente se ha considerado escribir se están deshilachando.

Mi abuela aprendió a coser

sin cuestionarse por qué,

a mi madre la obligaron,

Las letras canarias, sobre todo escritas por mujeres jóvenes, están sabiendo trascender dentro y fuera de estas fronteras en un paisaje donde publicar no es sinónimo de ser leída. Quedan y siempre quedarán aquellos que ven este éxito expansivo como un atajo de niñas que salieron de la facultad y ahora juegan a escribir. Y qué si lo somos. Qué es escribir sino jugar con las palabras, atarlas a nuestro antojo y conducirlas por los raíles que armamos nosotras mismas.

Parte del cambio que se está dando en el panorama literario se debe al abandono de una idea que se construyó sobre el privilegio de que, antes, solo podía escribir una élite. Hombres blancos pudientes, la mayoría heteros, y quienes no lo eran lo ocultaban. También algunas mujeres, aunque pocos de sus nombres llegaron a ser conocidos, no por falta de talento, sino un machismo que ya estaba viejo. Luego, el resto: la gente sin cultura, ajena al poder intelectualizador de la palabra, porque su razón de ser era el trabajo físico. Una otredad literaria como mi abuela.

No tengo duda de que quienes hoy miran con recelo esta ola de escritoras no entienden del todo lo que es escribir. Jugar, explorar, escarbar en un terreno infinito. Buscar en una explanada llena de terrenos donde algunos tienen hoyos enormes y en otros apenas se ha rascado. Hurgar, hurgar, hurgar hasta llenarse las uñas de barro y piedrecillas, hacerse daño escarbando, hacerse sangre en las yemas y las rodillas, desentrañar las vísceras de la tierra y de quienes la habitan. Seguir jugando como niñas llenas de raspones y morados.

El foco literario se acerca cada vez más a las periferias, que en realidad son centros en sí mismos, pero nunca se vieron como tal. Los sures ebullen, las mujeres toman libertad creativa y el mundo nos lee. Canarias, descrita a ojos de sus autoras, se ha traducido hasta al coreano. Aún se escuchan ecos reduccionistas de aquellos que tienen el afán de etiquetarnos a todas como réplicas, pero la realidad les está comiendo los argumentos. Estamos demostrando que nuestra literatura es universal.

Los avances feministas y anticoloniales

No es una suerte que esto esté pasando: es consecuencia de los avances feministas y anticoloniales. Como tal, por principios con nosotras mismas, creo que debemos sostener una política de compañerismo entre nosotras, sin egos, sin tratar de acaparar espacios, tendiéndonos la mano. Ser los referentes que nos gustaría haber tenido y acompañar a las que caminan con nosotras. Porque más allá de los romanticismos, la apertura y la inmediatez que ha empapado a este mundillo también viene con el doble rasero de una saturación literaria.

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Por eso, la realidad es que apenas un puñado de nombres han llegado a trascender más allá de nuestras costas, a pesar de la calidad literaria que rebosan. Siempre defenderé que se nos impulse y se nos dé a conocer, pero quizá también sea el momento de que cultivemos lo pequeño, sin mirarnos de puertas hacia fuera, ni midamos el éxito de nuestras letras por lo lejos que llegan. Cuidemos e impulsemos los espacios autogestionados isleños donde la laurisilva se vuelve más verde y el atlántico nos abraza cálido. Allí nacemos y allí seguimos creando.

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