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Mucho ruido y pocas nueces

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06.03.2026

Mucho ruido y pocas nueces / Adae Santana

«Nuestros abuelos vieron a los homosexuales, nuestros padres a los transexuales y nosotros, ahora, a los therian», afirmó con rotundidad un alumno de Secundaria el otro día, justo antes de empezar la clase. Entonces, comprendí que tenemos un problema como sociedad. Y no por la existencia de los therian, sino porque haya gente –este alumno no es el único– que los compare con identidades reales como los transexuales, que han tenido que luchar por sus derechos durante décadas. En pocas semanas, este fenómeno social se ha convertido en uno de los temas más recurrentes entre mis alumnos y también para los medios de comunicación. Sin embargo, yo todavía no me he cruzado con ninguno.

Un therian es una persona –sobre todo, ha triunfado entre adolescentes– que dice identificarse espiritualmente con un animal no humano. Esta convicción no implica una transformación física: ellos asumen su cuerpo humano y, como mucho, recurren a imitar los movimientos o los sonidos del animal con el que conectan, se ponen máscaras o colas y graban vídeos para publicarlos en sus perfiles de redes sociales, que son las responsables de que el fenómeno se haya viralizado, porque lo cierto es que existía ya desde la década de 1990. La pregunta que deberíamos hacernos es si hay una razón latente tras todo el estruendo.

Estamos ante el caldo de cultivo perfecto para el clásico comentario de «cuñado»: «Hombres que se creen mujeres, mujeres que se creen hombres y ahora, cómo no, niñatos que se creen animales. Si es que es normal, ¡a dónde hemos llegado!». Esta sería la versión adulta del, al fin y al cabo, inocente comentario de mi alumno. Pero resulta que los therian no se creen animales, solo afirman sentir esa conexión psicológica. La mera comparación con una persona transexual es ofensiva. Y creo que a cierta parte de la población le interesa especialmente que se produzca, porque equiparar una cosa con la otra es una manera de minusvalorar la lucha del colectivo LGTBI a lo largo de tantos años.

Yo, que apenas uso TikTok, ni me habría enterado de la existencia de los therian, si no fuera porque su presencia es constante en los medios de comunicación, aunque algunos ya empiezan a plantear el fenómeno como una «distracción viral» o una pantalla de humo para otros problemas reales u otras situaciones escandalosas. Sin salir del ámbito de Internet, por ejemplo, poco se habla ya de que hace solo unas semanas todos los usuarios españoles de la aplicación Telegram recibiéramos un mensaje oficial de su dueño, Pável Dúrov, en el que acusaba al presidente Pedro Sánchez de ser una amenaza a la libertad del país y nos instaba a movilizarnos contra su gobierno. Eso fue después de que Elon Musk, el magnate de la polémica red X –antes Twitter– llamara “fascista” a Sánchez. ¿La razón? El gobierno de España ha aprobado una ley para prohibir el uso de redes sociales a los menores de dieciséis años.

Y hablando de X, también me sorprende la poca repercusión que han tenido las polémicas actuaciones, en los últimos tiempos, de «Grok», el chatbot de esta red creado por el propio Musk, que lo hizo acorde a su mentalidad: Grok ofrecía respuestas que ensalzaban la figura de Adolf Hitler o minimizaban el Holocausto, y manipulaba, a petición de los usuarios, fotografías de personas reales con contenido de tipo sexual –falso, pero muy creíble–. Algunos países lo han prohibido. Este asunto sí debería ser un escándalo, y no los cuatro chiquillos que se ponen máscaras de perro para grabar sus vídeos.

La prohibición del acceso a redes sociales a menores de dieciséis me parece más que procedente: necesaria. No voy a ponerme aquí a enumerar los peligros a los que se enfrentan los adolescentes en las redes, porque todos somos conocedores. Ni a insistir en lo triste que resulta que pasen una etapa tan importante de la vida absortos en el teléfono móvil y teniendo como referentes a los variopintos «influencers» de turno. Tal vez, si los chavales que se consideran therian hubieran jugado más en el parque, ido al cine o de excursión con sus padres, ahora no estarían publicando vídeos en TikTok para llamar la atención, que creo que es el trasfondo de estas actitudes particulares y no frecuentes, aunque la mediatización a veces nos pretenda convencer de ello. Yo, si fuera su madre o su profesora, les diría que ni los gatos ni los perros necesitan teléfonos móviles. Y que hay muchas cosas serias por las que luchar.

Pero ese último mensaje se lo daría también a quienes se escandalizan porque unos chicos se pongan orejas de gato. Menos dramas absurdos, que suficientes dramas reales hay en el mundo. n


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