El paraíso que sostienen los hombros rotos |
La consejera de Turismo y Empleo, Jessica de León, conversa con representantes de las ‘kellys’ en el Parlamento. / María Pisaca
Los capitanes de galera nunca empatizaron con los cientos de esclavos y delincuentes que remaban en aquellos barcos de guerra que surcaban el Mediterráneo. Tampoco lo ha hecho la élite hotelera con las camareras de piso, que ha llegado a interpretar como una afrenta que las trabajadoras reclamen sus derechos, eludiendo responsabilidades sobre la sobrecarga laboral y desplazando el foco, una y otra vez, hacia la supuesta falta de mano de obra y malabarismos varios. A esas mujeres las llamamos kellys. El nombre viene de «las que limpian», y en esa apócope popular hay toda una declaración de invisibilidad y de un desconocimiento alarmante sobre la dureza de un trabajo que escondemos mientras nos ponemos la pulsera del todo incluido. Durante décadas, las camareras de piso han sufrido en silencio enfermedades que en cualquier otro sector serían motivo de intervención inmediata y de vergüenza. Hernias discales, tendinitis crónica, rodillas destrozadas, hombros que ya no recuerdan cómo descansar. Cuerpos envejecidos por adelantado como consecuencia de la suma de miles de colchones levantados a pulso y miles de baños fregados en cuclillas. Es imposible que un cuerpo aguante la limpieza de 20 habitaciones por día, además de soportar el trato desproporcionado de muchas gobernantas. Por fin los avances llegan, sí, sin duda, una gran noticia, pero que el Parlamento de Canarias haya tenido que legislar en el siglo XXI para que una trabajadora no tenga que levantar a pulso un colchón de veinte kilos dice mucho sobre nosotros. En otro tipo de ocupación, la Revolución Industrial se habría quedado corta, porque sigue siendo muy complicado exigir derechos en un contexto de inferioridad total. Es un primer paso, y uno que llega, como tantas conquistas laborales en este país, después de demasiado tiempo y demasiada paciencia por parte de quienes no tenían por qué seguir siendo tan tolerantes. Ellas son las invisibles dentro del ecosistema de relax y disfrute que ignoramos cuando nos vamos de vacaciones. Siempre me imaginé un estand en Fitur para las kellys. Cientos de camas donde los visitantes pueden disfrutar de una experiencia como trabajadora de piso. Ya que lucimos las numerosas virtudes de nuestra tierra, no estaría de mal ir un poco más allá y sumergir a nuestros turistas locales y foráneos en un ensayo tan apasionante. Si no, que se lo cuenten a Macarena. Tiene 60 años y lleva 25 trabajando como camarera de piso en un resort del sur de Tenerife. Está operada de las dos manos, con los hombros rotos y las caderas desgastadas, y ya no sabe cuántas pastillas tiene que tomar para aguantar el dolor de tantos años de profesión dedicados a un hotel que no se acuerda de ella. Cuando tuvo el problema en las manos, la empresa poco más que aludía a invenciones de la típica trabajadora que se queja de todo, y estuvo yendo de la Seguridad Social a la mutua hasta cansarse. Tras mucha guerra, la Seguridad Social la acaba atendiendo. Pero al ser un accidente laboral, te lo ponen como enfermedad común. Lo mismo le pasó a Maruca, Silvia y a Yaiza. No podemos olvidarnos de que el paraíso que vendemos al mundo debería ser también el paraíso de quienes lo sostienen cada día con sus manos y los hombros rotos. Ya era hora. Enhorabuena.