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Renace el Taoro…, y con qué ímpetu

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Gran Hotel Taoro. / E.D.

Los niños veíamos aquel hotel, el Hotel Taoro, como si fuera una reliquia del otro mundo. Era el hotel de los extranjeros. A los extranjeros los chicos los llamábamos los ingleses. Ya fueran de Inglaterra, de Alemania o de Suecia, eran para nosotros los ingleses. Los más atrevidos se acercaban al Taoro para ver a aquellos extranjeros sin nombre. Y para pedirles dinero. A veces fui con los más atrevidos. Les pedíamos pennies, que entonces era para nosotros la moneda universal.

Ahora regresa el Taoro, y con qué ímpetu. Hace años se alimentó, tan solo, de los jugadores de cartas, que se gastaban el dinero por las noches. Cerraron el Taoro. Lo vimos cerrarse, como si estuviera marcado por el signo de los tiempos: la destrucción de la belleza. Antes de que la decrepitud lo dejara decaer hubo allí un hermoso paréntesis, cuando actuaban por las noches los amigos de Otto Artman, un extraordinario músico de jazz sobre el que escribíamos para El Día Elfidio Alonso y yo mismo, empeñados en hacer del Puerto de la Cruz un lugar en el mundo. Lo fue, lo era, lo vuelve a ser.

Ahora renace el Taoro. Los que éramos muchachos entonces sentimos, eso imagino, que el Puerto abraza el pasado con el aire que ya tuvo el Taoro: la sensación de que era la capital del mundo entero, el paisaje de Agatha Christy, de Winston Churchill o de Bertrand Russell…, o de Eduardo Westerdhal y de Domingo Pérez Minik, que allí iban a celebrar las noches en la era previa a la guerra civil… Lo han levantado de donde estaba los hijos de Jesús Polanco, el que se puso a la tarea de hacer de El País el periódico que es. El Cabildo es su patrón máximo, y este viernes ese maridaje, los hijos de Polanco, el hombre que hizo del Sur de la isla un lugar delicado, y la entidad a la que pertenece el Taoro, el Cabildo de Tenerife, han bautizado este hotel que para nosotros, los portuenses, es como una reliquia que renaciera para lo mejor de la historia que hemos vivido desde hace más de un siglo.

Dice Salvador García Llanos, quizá el mejor periodista que ha dado el Puerto, en una crónica que precedió a la inauguración que hubo este viernes: «El Gran Hotel tiene que ser un icono. Si fue el gran hotel de lujo de España, diseñado por el arquitecto francés Adolphe Coquet, si desde sus orígenes albergó a viajeros ilustres, realeza, políticos, personajes públicos, si albergó una cena/reunión para seis jefes de Estado europeos en 1985 con motivo de la inauguración del Astrofísico, ahora debe escribir nuevas páginas en consonancia con las exigencias y experiencias de la sociedad e industria turística de nuestros días. Es una nueva etapa de su riquísima historia, al frente de la cual estará un competente profesional de la dirección hotelera, Gustavo Escobar, a quien solo hay que desearle mucha suerte en su cometido».

Escobar tiene en sus manos esta reliquia que renace… Su experiencia es la de «un líder dinámico y analítico», «comprometido con la excelencia hotelera de lujo»… «Como portuense», dice él, «siento un inmenso orgullo personal por el gran paso que supone la rehabilitación del Gran Hotel Taoro, y por la oportunidad de ser director general de un lugar con tanta alma, historia y significado para nuestro pueblo. Está siendo un proyecto apasionante y muy emocional, porque el Taoro forma parte de la memoria colectiva de todos nosotros». Y tanto que es parte de la historia de cada uno de los que ahora tenemos memoria de lo que era el Taoro cuando de chicos descubrimos que el mundo se parecía al hotel al que venían los ingleses. Eso le conté al que ahora rige los destinos de esta nave que regresa, Ignacio Polanco, el hizo de Jesús Polanco, aquel emprendedor de raíz santanderina que se enamoró del sur de la isla y que ahora tiene a sus hijos también en el norte… Ignacio es consciente de la importancia que para el Puerto, y para la isla, tiene este nuevo Taoro… Su empresa optó, con otros, al concurso del que nace esta concesión… «Nos proponemos a hacer lo que hemos hecho en otros lugares, hacer las cosas bien hechas, cuidar la gastronomía, desarrollar la tradición que convirtió nuestros trabajos en el sur en un modo de hacer que siempre quiso cuidar nuestro padre… Él sabía que el turismo aquí tendría mucho futuro, y ahora aquello que sintió que debía desarrollarse en el sur nos halla a nosotros trabajando también en el norte de la isla… Él se sintió siempre muy cómodo en las islas».

De esa manera de estar con la isla de Tenerife nacieron en el sur el Jardín Tropical y el Abama… «El Abama a él le pareció siempre muy grande, su sitio ideal era el Jardín Tropical… Allí se sentaba a mirar el mar de La Gomera… Yo me siento muy bien aquí. Esta es una isla de norte y de sur, no es esa isla que alguna vez se pensó que era la isla de un solo aeropuerto… Que tenga dos aeropuertos es la consecuencia de que el sur y el norte tienen cada uno su personalidad. Ahora lo sabemos mejor. Nosotros hemos sido del sur… Tardas en darte cuenta, pero terminas sabiendo que aquí hay dos mundos. Y ahora también estamos en este».

Una pregunta sentimental le hace a Ignacio Polanco este periodista del Puerto de la Cruz. ¿Te das cuenta ahora de que para nosotros, los isleños del norte, este acontecimiento que ustedes han propiciado, con el Cabildo, es para nosotros también un acontecimiento sentimental? «Me imagino cómo debió ser, para quienes aquí vivieron, este lugar de ubicación espléndida, cuando estuvo absolutamente cerrado, cayéndose, y que de repente resurge… Creo que eso es ya bastante motivación para todo el mundo. Se ha hecho una gran reforma, maravillosa a mi gusto… Ahora nos cabe la alegría de hacer de este hotel urbano un hotel tinerfeño al que vengan los nativos, no sólo del Puerto sino de todas las islas…» La primera vez que Ignacio Polanco se reunió en el Puerto de la Cruz con los que supieron que su compañía iba a gestionar el Taoro yo estuve en una reunión a la que acudió, con amigos suyos del Instituto de Estudios Hispánicos, Rafael Cobiella, médico, que hizo de su pasión por el Puerto una manera de ser, de estar en la isla, y de quererla. En aquella reunión yo sentí que no sólo renacía el Taoro sino que se pone en marcha, otra vez, el mundo en el que este lugar, en el que coexisten las ilusiones de don Enrique Talg, el extraordinario creador del hotel Tigaiga, y aquellos que en el siglo XIX vieron que aquí hacía falta una atalaya como esta. Esos antepasados sintieron que lugas tan hermosos merecían para siempre, también, emblemas como aquellos que seguimos viviendo en el pueblo donde los chicos pobres pedíamos pennies a los extranjeros.

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