Los padres en el barranco

La borrasca Therese causó estragos en el Puerto de la Cruz / Arturo Jiménez

Mis padres reían y yo los veía reír. No era común la risa entonces. Un niño como yo estaba por hacerse, así que no podía saber por qué los padres no reían. En realidad, el barrio no reía, aunque hay algunas fotografías, que heredé y están en casa, en las que se les ven riendo, pero también tristes, a ellos y a mi madre con los vecinos.

La vida está llena de estos hechos, la risa, el llanto, la vida en casa, los amigos, los compañeros de la escuela, la foguetería, el hambre, la tristeza, el primer amor, los secretos. Todo se va haciendo como si uno lo esperara siempre, en la niñez, en la infancia, en la primera juventud.

La primera novia no era tal, pero yo me hice a la idea de que lo sería para siempre. Mi primer trabajo fue chiquito: recogía cañas para preparar las ruedas de fuego. En un tiempo creí que la vida era un camioncito de vergas que me regaló mi hermano varias veces como regalo de Reyes. Mientras creí que los Reyes Magos vendría siempre aquel cochito de vergas, que yo vi hacer, era un misterio que venía con los Reyes.

Hasta que, claro, supe quiénes eran los reyes, y hasta hoy. Cuando sabíamos algo de la vida que iba viniendo me mandó mi madre a recoger los reyes a la casa de los padrinos. Tocamos a la puerta, mis hermanas y yo, y los padrinos, que eran más ricos, nos dijeron desde un ventanillo, sin abrir la puerta: «Aquí ya no se dan los reyes». Y nos fuimos con la pobreza a través del barranco.

El barranco era nuestra vida, y yo viví en aquellos andurriales con los chicos que ya eran igual de grandes que yo: es decir, fiscos de chicos… Antes de eso, en los inviernos en que corría el barranco detrás de nuestra casa, yo me asomaba a la parte trasera con el cometido de decirle a mis padres qué estaba pasando con la correntera.

Yo explicaba lo que podía, y ellos me gritaban para que volviera. «¡No seas novelero, muchá!». Claro, yo era un novelero, siempre lo fui. La vez que más lo fui fue por un motivo inolvidable. De hecho, ahora me ha venido como si yo lo estuviera tocando con los dedos de mi imaginación, porque ahora ha corrido allí el barranco y mi vida de este tiempo me ha devuelto a la niñez que me persigue.

Resulta que la primera vez que me di cuenta de que la corriente del barranco era peligrosa, porque se llevaba a las personas, en el Puerto de la Cruz, en las islas, en cualquier parte, fue justamente ese día en que mis padres desaparecieron de casa, en busca de cualquier cosa, o de auxilio de otros, la primera vez que aquel barranco se volvió loco.

Yo era, como decía la gente del barrio, un fisco chico… Mis padres se fueron a ver qué pasaba en aquel barranco inclemente, y no volvían. Al fin me subí al Fuerte, que era donde los chicos jugábamos a caernos, y desde allí los vislumbré. Uno, mi madre, estaba en el lado de acá del barranco, gritándole al otro, mi padre, que no sabía qué hacer con su miedo.

Era horrible aquella torrentera, que estaba a punto de acabar con la foguetería y que en efecto estaba también poniendo en peligro las casas baratas que había en la propia entrada del barranco. Yo me mordía las uñas y miraba, como si ellos, mis padres, se fueran a ir por la misma barranquera.

Siempre me pareció, desde entonces, que todo el mundo estaba siempre en peligro, y que aquello que llaman milagro no se iba a producir porque todo se había hecho como maldito y en este caso de mis padres yo ya no sabría más, se iban a ir lanzándose por el barranco y para siempre.

Un niño siempre es el que primero perece cuando alrededor se le rompe la esperanza de ver que algo grave que iba a pasar de pronto parece que va a pasar y que no hay otra vuelta en la vida. Pero, de pronto, se hizo un resplandor en el cielo, las aguas se hicieron más mansas, mis padres se acompasaron con el peligro, y éste, como si una mano enorme los hubiera rescatado para otra tarea en el resto del mundo, yo sentí que aquello que ocurría entre ellos, mi madre en el lado de acá, mi padre en el lado de allá, donde empezaban Las Dehesas, se estaban salvando de la lucha de la tierra con el agua, y entonces empezaba a ganar la tierra.

Recuerdo como si fuera ayer el momento exacto en que los dos empezaron a celebrar la salvación. Nunca los había visto reír tan bien, tan acompasados, como si vinieran de aprender a reír o a cantar. Mi padre acababa de estrenar su dentadura, mi madre reía al verlo tan feliz, y él parecía un príncipe viejo contemplado desde este lado del Fuerte por un hijo chico que había pasado todo el miedo que puede guardar un muchacho que aun no tiene otra cosa que estupor, miedo o alegría. Sin saber por qué.

Ahora pasó a distancia lo que yo vi en aquella ocasión en la que al miedo sucedió la risa, la alegría de mis padres. Estaba en la noche de Madrid y supe, como si la noticia viniera de la fábrica del miedo retrospectivo, lo que estaba pasando en mi barrio, en mi pueblo, en el mundo del que yo procedo.

Llamé a mi casa, donde viven los nietos de aquellos que reían en el barranco, y quise saber por ellos qué pasaba, qué estaba pasando, qué demonios ocurre otra vez con el barranco. «Juanillo, tranquilo», me dijeron, y yo sentí que toda la vida, sus miedos, su pasión, sus sueños, se ponían otra vez en su sitio.

El niño que fui pudo dormir pensando que el agua no fue tan ruin como en el pasado remoto de mis miedos. Ahí estaban, en mi imaginación y en mi vida, las risas de mis padres cuando se salvaron al fin de los gritos del barranco.

Ahora lo escribo porque entonces, cuando era un fisco chico, no sabía ni hablar cuando tenía miedo.

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