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No a la guerra… según

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17.03.2026

Zelenski denuncia un ataque ruso masivo contra Ucrania que deja siete muertos

Protestar contra unas guerras y olvidar otras despierta sospechas. No parece muy lógico levantar pancartas contra Trump y la guerra de Irán y olvidar que una democracia inocente lleva cuatro años defendiéndose a sangre y fuego de la invasión de Putin. ¿Por qué unos conflictos armados se protestan y otros se ignoran? Por ideología, por supuesto.

Las manifestaciones de repulsa que se celebraron el pasado fin de semana en numerosas ciudades españolas tuvieron un apoyo muy discreto y fueron convocadas por una plataforma pacifista denominada PararlaGuerra, creada en 2023 tras el inicio del conflicto en Gaza. Justo cuando Ucrania ya llevaba un año luchando por su libertad. Y para dejarlo muy clarito, las protestas se convocaron bajo el lema: «Hay que parar la guerra en Oriente Medio. No olvidar Gaza».

Es difícil no sentir simpatía por quien está en contra de la violencia. Y es imposible que nadie en su sano juicio esté a favor de la guerra. Pero el cinismo me resulta insoportable. No se puede estar callado como una tumba ante la invasión de Ucrania y salir a la calle armado con una pancarta para protestar por el ataque a Irán. No lo digo solamente porque Ucrania sea una democracia e Irán una sangrienta dictadura que hace solo unos meses masacró a miles de sus propios ciudadanos inocentes, sino porque la guerra es igual de cruel en todas partes. No hace falta que la declare Trump para que sea injusta.

Cuando el grupo terrorista Hamás asaltó Israel y asesinó a mil y pico personas, llevándose a más de doscientos rehenes, no se incendió el mundo con protestas. No se exigió la inmediata liberación de los rehenes inocentes. Todos temían lo que sabían que se iba a producir: la inmediata reacción de Israel ante una brutal provocación. Lo que luego se convirtió en la matanza de Gaza. Lo que pasa cuando los terroristas colocan sus bases operativas debajo de los hospitales y las escuelas y se usa como escudo humano a una población civil que te importa tan poco como a tus propios enemigos.

A Hamás no le importaba la opinión de su gente. A Putin tampoco la de los europeos. El problema es que los estados de opinión solo importan en las democracias, cuando afectan a un electorado que puede decidir sobre quién es el que va a estar en el poder. Los gritos en Madrid se escuchan muy bajito en Washington, incluso en tiempos de un presidente con el ego tan sensible como Trump.

Lo irónico es que parar los bombardeos a Irán, como se pedía en las calles este fin de semana, es defender a Ucrania. El presidente norteamericano está enriqueciendo a Putin con el petróleo ruso, que ahora se ha disparado de precio. Miles de millones que le sirven para financiar la masacre de los ya olvidados ucranianos. Los mismos países que condenaron a Rusia por la invasión y le impusieron sanciones económicas le compran ahora petróleo y gas sin la más mínima vergüenza. Porque no se puede padecer lo que nunca se ha tenido.

Las guerras que no son mediáticas también matan aunque nadie proteste por ellas. Nadie se ocupa de las guerras anónimas de Sudán, las muertes cotidianas en Yemen o los asesinatos yihadistas en el Sahel. Porque no son los muertos los que sacan a la gente a las calles a protestar. Son los vivos.

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