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El postureo y el miedo

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10.03.2026

La OTAN intercepta un nuevo misil iraní en el espacio aéreo de Turquía

Sánchez, por exigencias del guion, tuvo que desenterrar a Franco un par de veces. Y el otro día en una radio resucitaron a Gila, que es lo que pide la actualidad. «¿Oiga? ¿Es el enemigo? Es que les estaba llamando a ver si podían parar la guerra un momento».

Lo que está pasando en España es carne de humoristas, cuando en este país había sentido del humor. Tenemos un presidente de Gobierno que está en contra de Estados Unidos, que está en guerra con Irán, pero que no está a favor de Irán. Ahí están esas imperecederas palabras de Pedro Sánchez condenando la guerra pero añadiendo también que «estamos contra Irán» que conculca los derechos humanos. ¿Estamos? ¿Quiénes estamos? ¿Y qué es exactamente estar «contra» un país? Porque yo conozco gente que está contra el colesterol y se harta de bollos.

Apartemos la niebla a manotazos. Vayamos a las afirmaciones contundentes. «No a la guerra», por ejemplo. Eso que dijo el presidente y que repitieron fielmente los miembros del coro del Consejo de Ministres. Lo dijo el 8M la izquierda feminista, que después de seis años de silencio con la guerra de Ucrania ha descubierto, gracias a Trump, que la guerra es muy mala. Qué digo mala, malísima. «No a la guerra» es inequívoco. No es negociable. No es no. Ya saben. Pero entonces ¿cómo es que España ha enviado una fragata a Chipre? ¿Y qué es una fragata?

Para no equivocarnos, echemos mano de la RAE: fragata: «buque de guerra rápido y ligero». ¿El presidente Sánchez dice no y mil veces no a la guerra, pero envía un buque de guerra a esos mares del demonio? Díganme ustedes si no es para mear y no echar gota. Así está la pobre Ione Belarra, belarreando porque Sánchez les quiere comer la tostada electoral a los de Podemos, diciendo una cosa y haciendo otra. O sea, lo de siempre, solo que antes, cuando Pablo Iglesias pisaba moqueta, se mordían la lengua por no morder la mano que les daba de comer.

En realidad, todos los políticos parecen considerar que los ciudadanos son tontos, solo que a unos se les nota que lo piensan y a otros no. El espectáculo de la Casa Blanca dando la versión española de la ministra de Defensa, Margarita Robles, y de Moncloa, negándolo apasionadamente, habría puesto la cara colorada a más de uno, si no fuera porque el cemento armado no tiene capilares sanguíneos. En las bases de Morón y de Rota se han cargado aviones cisterna para abastecer a la flota norteamericana desplazada a la zona de conflicto. Y se han instalado municiones en barcos que zarparon hacia la guerra. Porque España, en realidad, está haciendo lo que todos los países europeos: pronunciarse contra la guerra y pedir el fin de la violencia mientras se ayuda discretamente al incómodo aliado.

Y es lógico. Ahí está la memoria de los atentados de marzo de 2004 en Madrid, con 192 víctimas. Los de julio de 2005 en Londres, con 52 muertos. Los de noviembre de 2015 en París con 130 víctimas. O los de Barcelona, Mánchester, Niza o Bélgica, entre otros. Lo hicieron grupos yihadistas a los que Irán amamanta. Ellos trajeron el terror. Ahora lo viven. ¿Quién nos dice que no volverán a traerlo? Por eso pongamos cara inocente y repitamos con Pedro: «No a la guerra».

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