Crisis en el Gobierno Peninsular |
Como en una película de Almodóvar, esta semana tuvimos ministros y ministras al borde de un ataque de nervios. Un consejo que se retrasa dos horas. Unas negociaciones a cara de perro. El pasado viernes el Gobierno Peninsular de coalición estuvo a punto de saltar por los aires. A un pelo de la ruptura. Los ministros de Sumar decidieron dar un golpe sobre la mesa para imponer sus recetas contra la crisis del petróleo. Y el presidente Sánchez resolvió el desastre muy a su manera: en vez de un decreto habrá dos: uno propuesto por el PSOE y otro que se inspira en Sumar. Hechos inéditos para circunstancias increíbles. No hay ningún problema siempre que se tenga imaginación. Así es el país que lleva tres años sin presupuestos.
Pero el lobo ha enseñado las orejas: por primera vez se ha escenificado la distancia que empieza a abrirse entre los socialistas y sus socios de extrema izquierda. Los resultados de las últimas elecciones han despertado en los comunistas una creciente alarma por sus pésimos resultados. Y encima, Podemos, el único partido de ese espacio que no apoya a Sánchez, les acusa de ser cómplices con los escándalos y corrupciones e incapaces de romper el Gobierno por el apego al coche oficial y los sueldos. Esa idea está calando. Y tocaba escenificar urgentemente un pequeño acto de rebeldía. Un conato de motín.
La lectura que hacen los comunistas sobre su pérdida de votantes es que tienen que radicalizarse más. O sea, si no quieres arroz, toma tres tazas. ¿Que sube el precio del petróleo y hay un alza de precios? Pues prohiben subir los alquileres, ordenan prorrogar dos años los contratos y cancelan los despidos en las empresas. Y ahí queda eso.
El sanchismo, el ala socialista del Gobierno Peninsular, ha sufrido una infección felipista. Un arrebato de socialdemocracia keynesiana. En «su» decreto, atacan directamente el problema del alza del precio del barril de petróleo aliviando el bolsillo de los ciudadanos peninsulares (de Canarias no se habla ni una palabra). La propuesta del PSOE es una rebaja del IVA en la fiscalidad de las gasolinas y gasóleos, en el gas y en la electricidad. Unas medidas que se basan en el sentido común y que pueden ejecutarse de una forma directa y con efectos inmediatos.
La maniobra para salvar la minicrisis del Gobierno Peninsular es políticamente astuta. Los socialistas saldrán reforzados cuando el Congreso respalde su propuesta de alivio fiscal para los ciudadanos peninsulares. Y se escenificará una derrota de la ultraizquierda cuando decaiga su propuesta de traslado a los ciudadanos de los sobrecostos de la crisis. Centrará a los socialistas y les alejará de la línea intervencionista de sus socios. Lo que electoralmente más les conviene.
Salvado el match point al que le llevaron los ministros, ministras y ministres de Sumar, se ha escenificado por primera vez un conato de ruptura. Y las convulsiones que se viven en la extrema izquierda no se calmarán sino que, después de las elecciones en Andalucía, pueden ir a peor. El contexto es importante. El horizonte judicial de Sánchez se complica. Si su mujer, Begoña Gómez, es llevada a juicio, como ha propuesto ya el juez instructor, se convertirá en un hecho demoledor para el presidente. Peor incluso que los casos de corrupción que salpican a su partido. Y es difícil no pensar que Podemos hurgará en la herida de quienes sigan manteniéndole en el poder, acusándoles de ser estómagos agradecidos.
Cuando se acorta la distancia con unas elecciones generales los animales políticos entran en un paroxismo hormonal imparable que les induce a hacerse daño incluso a sí mismos. Vox, en la ultraderecha, a pesar de su centralismo leninista, ha entrado en una guerra intestina de proporciones bíblicas. La extrema izquierda, ya lo ven, se ha tirado al monte, aunque en su caso sea el de Los Olivos. Y Pablo Iglesias prepara la venganza de Podemos, afilando a Irene Montero y Gabriel Rufián. Lo que queda, nunca mejor dicho, va a ser el camarote de los Hermanos Marx.
Posdata: Ninguno de los decretos se refiere a la distinta realidad de Canarias. No hay medidas adecuadas a la especificidad de las Islas. España, ensimismada, solo se siente Península y los canarios, una vez más, no existimos. Va siendo una costumbre. Y las costumbres se vuelven leyes. Es hora de preguntarse si, ante tanto reiterado desprecio, no deberíamos sentirnos nosotros de otra manera.
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