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Canarias y sus circunstancias

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19.03.2026

El papa León XIV saluda a la multitud congregada en la plaza San Pedro, en la Ciudad del Vaticano. | / EUROPA PRESS

En este invierno de nuestro descontento, que diría un rey contrahecho, todo es caos, arrabal y malevaje. Como en el famoso tango. Ya no te puedes fiar de nada. Ni siquiera de las religiones que predican el calentamiento global a quienes vivimos congelados en el trópico.

Antes veíamos las guerras por televisión mientras nos comíamos unas cotufas y comentábamos, apesadumbrados, que el mundo estaba como una cabra. Nos contaban los muertos de estos o de aquellos, nos enseñaban unas imágenes y nos levantábamos a coger un refresco de la nevera antes de cambiar de canal. Lo malo para la buena gente acomodada de Occidente, tan compasiva a la hora del telediario, es que, desde hace un tiempo a esta parte, lo que pasa al otro lado del planeta acaba llegando hasta nuestro bolsillo.

El nuevo siglo nos saludó con una gripe especialmente jodida que se vendió como el apocalipsis. Un mix de La amenaza de Andrómeda y La guerra de los mundos. Los gobiernos nos dijeron, cuando el coronavirus estaba en China, que todo el mundo tranquilo. Que no pasaba nada. Que, si llegaba, serían uno o dos casos. Después llegó el virus y nos pusieron a todos en prisión domiciliaria. Las democracias se convirtieron en Estados totalitarios que prohibieron la libertad de circulación de los ciudadanos. Por hacer el bien, naturalmente. Y, como se cargaron toda la cadena de producción –haciendo el mayor estropicio conocido a excepción de una guerra mundial–, tuvieron que poner en circulación casi tres billones de euros –con ‘b’ de burros– para inyectarlos en la economía y evitar que la gente se muriese de hambre, perdiera los empleos y se cerraran las empresas. Eso disparó la inflación hasta límites no recordados. Y luego Putin decidió invadir Ucrania por sus santos bemoles. Y el fuego inflacionario se convirtió en el infierno de Dante. Y, al final de la cadena, estábamos los ciudadanos, apoquinando impuestos y pagando, con los mismos sueldos, productos que ya valían un treinta o un cuarenta por ciento más.

Pero ya decía Murphy que, si algo puede empeorar, seguramente lo hará. La ejemplar democracia norteamericana, harta de los meapilas demócratas y republicanos, decidió elegir a un presidente del mundo del espectáculo. Si Reagan funcionó, ¿por qué no Trump? Al principio fue divertido, porque le metió un meneo al fitoplancton que se alimenta de la industria del calentamiento global, la Agenda 2030 y la globalización. Les quitó los fondos y la sopa boba. Luego cogió carrerilla, se quedó con Venezuela a bajo coste y pensó que podía hacer lo mismo con Irán. Y ahora estamos sentados sobre un barril de pólvora, en vez de uno de petróleo.

Mal de muchos, consuelo de tontos. El coste de la vida en Canarias, que ya era de los más caros del Estado, se va a disparar a cuenta del precio de los combustibles, que consumimos como adictos a los hidrocarburos. Cada año importamos miles de millones de euros en mercancías. El precio de esos bienes va a subir. Y el de su transporte. Y eso lo vamos a pagar los de siempre.

Es un consuelo que, en medio de este desastre, el Papa venga a Canarias. En vista de que para Madrid no contamos y tal y como va todo por ahí fuera, necesitamos un milagro.

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