Tu cuerpo no es un templo, es una multinacional

Las medidas del cuerpo humano perfecto según las matemáticas. / Shutterstock

La idea del cuerpo perfecto no es nueva. Los inalcanzables estándares de belleza han sido una realidad con la que, como sociedad, hemos tenido que convivir durante siglos. No es nada nuevo que el cuerpo femenino sea un bien capital. No es nada nuevo que el establecer un modelo irreal, solo alcanzable a través del consumo, sea un medio para lucrarse del sufrimiento y detrimento de las mujeres. Pero con las redes y el mundo influencer esto ha empeorado.

Ahora nos encontramos con rutinas interminables para el cuidado de la piel, vídeos de pibes pinchados de anabólicos diciéndote cuánta proteína tienes que comer «sí o sí» para estar como ellos, e influencers de una nueva tendencia conocida como looksmaxxing que beben un poco de los puntos anteriores pero aún más al extremo.

De repente, hay que hacer ejercicios para marcar y fortalecer la mandíbula, hay que tener 60 cremas, aceites y exfoliantes para eliminar las «imperfecciones» de la piel, hay que dedicarle tres, cuatro e incluso cinco horas al gimnasio para alcanzar «la mejor versión de ti mismo» y hay que desarrollar, nuevamente, desórdenes alimenticios para recibir más likes en un post de Instagram.

El mensaje, por disfrazado que esté, se aleja entre mentiras y desinformación de ser uno enfocado a la salud y el bienestar, y pasa a ser una propaganda de cómo optimizar el cuerpo para ser más eficientes en el día a día del capitalismo tardío. Estos discursos no están construidos por un típico trabajador a jornada completa y sueldo mínimo, sino que los protagonistas de estas nuevas tendencias son los incels que llaman enviar dos correos y conectarse a Discord emprendimiento digital. Porque el punto del discurso es que ellos tienen el tiempo, el ocio y la falta de dedos de frente para hacerlo, pero sus seguidores no. Sin embargo, esto no quita que sean consumidores impresionables que se visualizan a sí mismos en la misma posición que su influencer de preferencia y que interiorizan que para hacerlo deben seguir paso a paso el proceso de cincelarse el cuerpo y la cara como si fueran mármol.

Así, en un momento donde la economía mundial parece estar yendo cada vez a peor, donde la inversión en propiedad o en bienes queda limitada al más pudiente, el único capital en el que queda por invertir es el cuerpo. La optimización del mismo pasa a ser una herramienta más de control y explotación. El influencer que comparte la rutina recibe miles y miles de visitas, likes y comentarios por vender un estándar inalcanzable. El engagement como moneda de cambio alcanza su máxima exponencia al venderle a la gente la idea de llegar a algo que es inaccesible.

Cada paso que se da en salud mental y física parece quedar en vano en un momento donde el principal tercer espacio de la juventud es el gimnasio, donde niños de quince años empiezan a tomar creatina para vete tú a saber qué, y donde los principales referentes culturales dejan de ser aquellos preparados para eso, ser un ejemplo a seguir, y pasan a ser personas que no ponen valor al peso de su discurso, o que, si lo hacen, les importa más el peso de sus cuentas bancarias. Así, pasamos de un mensaje del cuerpo como un templo al que cuidar, de la construcción de un movimiento social en contra de la explotación de la salud, de la demonización de los discursos promotores de TCAs, a la idea del cuerpo como una empresa, una multinacional, y un medio más que utilizar para favorecer una producción máxima insostenible.

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