La tiranía del número
La tiranía del número / El Día
Cuando todo se vuelve cuantificable, cuando empezamos a medir cada paso que damos a partir de impresiones y a partir de cifras, lo reducimos todo a eso, a un número.
El número pasa a ser el centro, el origen y el fin de lo que hacemos. Capitalizamos cada experiencia para guardarla en una tabla de excel y que al final nos dé un total y una media de lo que hemos vivido, de lo que hemos hecho, de lo que hemos generado.
Capitalizamos el valor de las personas a partir de la cifra: número de likes, número de euros, número de zapatos, número de viajes, número de amigos, número de parejas sexuales, y así un sinfín de categorías, de carpetas, de etiquetas en las que encerrar a cualquiera con el que cruzamos mirada.
La vida ya no consiste en exprimir la experiencia humana, exprimir la fruta, sacar el zumo, beberlo de un trago y limpiarse los labios. La vida ahora existe con el fin de ser cuantificable, medible, capitalizable, un número.
El algoritmo de Tiktok suele portarse bien conmigo. Es raro que yo salga de mi comodísimo ‘para ti’ de edits marginales y recetas de cocina. Pero siempre hay un vídeo que se escapa, que no encaja, que veo más rato del que debo para arrepentirme al instante porque ahora invade mi templo curado de contenido.
Uno de esos vídeos del que me arrepentí de ver más tiempo del que debía fue, para variar, de un señor con micro y barba, muchas palabras grandes para su boca y una panda de incels similares que no hacían sino seguirle el juego y aplaudirle como monos.
En el vídeo, el usuario con micro no paraba de soltar saliva hablando del body count, término, para el que no sepa, empleado para referirse al número de parejas sexuales de una persona. El discurso era simple, claro. Consistía en demonizar la idea de que una mujer pudiese tener una experiencia sexual previa a estar con ellos: a partir de x cifra es demasiado alto para una tía, si tiene más de x no es apta para ser tu novia, es normal que un tío tenga un número alto y las tías uno bajo, es mejor así, bla bla bla bla bla. Palabras jediendo a inseguridad con un perfume que las disfrazaba de cátedra.
Rápido me arrepentí de haberme quedado, de haber dedicado quince, treinta o sesenta, lo que fueran, segundos de mi tiempo a darle visitas al incel con barba y micro. Pero como nos gusta hurgar en la llaga, como la herida no está si no duele, decidí ver los comentarios y, para sorpresa de nadie, alababan el discurso como si Jesucristo mismo hubiese bajado del cielo y dicho aquellas barbaridades.
Y es que da miedo. Da miedo la ola de conservadurismo amparado por la idiotez que estamos viviendo. Da miedo que cada vez sea más fácil que perfiles así, que voces así, cuenten con una plataforma para poder propiciar el gran nivel de odio que tienen. Y lo peor de todo es que están resguardados por un sistema que, no solo se amolda exactamente para su beneficio, sino que nos enseña desde pequeños que el valor de todo va asociado al número.
Pasamos de ser niños que se valoran a sí mismos a partir del número en la esquina superior del examen a ser adultos que valoran, con aires de superioridad, a sus iguales por los números que llevan guardados en su mochila.
Así, construimos la idea del mejor. La idea del que vence. La idea del que tiene el poder de bombardear poblaciones por capricho, del que puede caerle a palizas a otros por la calle por ir de la mano, del que puede, desde la comodidad de su casa, coger un micro, decir barbaridades, subirlas a redes y reclutar súbditos que lo lleven a lo más alto.
