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Entrevistas

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28.03.2026

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una imagen de archivo / Europa Press/Contacto/Will Oliver - Pool via CNP

El pasado año muchos estadounidenses progresistas se quedaron atónitos cuando supieron que Bill Maher –uno de los grandes cómicos del país y conductor del programa Real Time– se había sentado a cenar con Donald Trump en la Casa Blanca. Maher –que es, sobre todo, un magnífico guionista– no puede identificarse precisamente de izquierdas, aunque ahora lo parezca. Es un tipo más o menos centrista con algunos rasgos inequívocamente conservadores, como su apoyo inalterable a Israel –Maher es ateo, pero un ateo judío– su admiración por todo el que lleve un uniforme o su animadversión feroz hacia lo woke. Pero en el mundo del espectáculo había mantenido una llama crítica siempre encendida hacia Trump, un desprecio furibundo e incansable, generalmente bien argumentado. En su primer mandato el presidente lo insultó públicamente varias veces. Por supuesto, respondió con su ingenio habitual. Maher, en esos primeros cuatro años, no se cansó de repetir que Trump intentaría «cualquier cosa» para quedarse en el poder. Y lo hizo: intentó dar un golpe de Estado. No sé cómo puedes oír a gente asombrada con lo que hizo con Maduro si años antes se meó (impunemente) sobre la Constitución y las leyes de su propio país. Pues bien, Maher cenó con Trump y durante varias semanas el cómico fue encomiástico. «En persona es mucho mejor que su personaje», dijo, «y puede hablársele de cualquier cosa». Por supuesto la paz duró poco. Maher siguió criticando a Trump y Trump temió insultándolo de nuevo. Si calificas a un individuo (y certeramente) como «el mayor peligro que ha tenido la democracia americana», ¿por qué vas a cenar con él? Si consideras que impulsó una insurrección contra valores e instituciones de tu país, ¿por qué, simplemente, te le pones al teléfono? Bueno, en realidad está muy claro: por narcisismo. La única justificación para encontrase con Trump es –para un periodista o un showman– hacerle una entrevista.

Probablemente sentarse a cenar con Miguel Díaz Canel, el presidente de Cuba, no pueda considerarse en sí mismo un enriquecimiento espiritual. Pero el gran singao tiene indiscutiblemente una entrevista. Se la ha negado a muchos medios americanos y europeos en los últimos meses, pero se la concedió a Pablo Iglesias, que está en Cuba para apoyar su revolución (la de Pablo) y como adelantado de la flotilla cuyo principal convoy llegó ayer a la isla. En la entrevista –vete a saber las razones– Díaz Canel e Iglesias caminan por el inmenso hall del Palacio de la Revolución en el que, por supuesto, la luz y el aire acondicionado funcionan las 24 horas del día. Hablan uno con el otro pero no hay ni una partícula de entrevista. El propietario de Canal Red no hace una sola pregunta crítica, no cuestiona las respuestas, no repregunta ni contradice jamás a su interlocutor. Iglesias, de vez en cuando, musita algo para que el dictador cubano pueda respirar unos segundos antes de continuar su monólogo de consignas, mentiras y a veces, pocas veces, una verdad de medias. Es cómico cuando Díaz -Canel –supuestamente ingeniero electrónico de profesión– empieza a eructar disparates y a mentir de manera descarada, por ejemplo, al hablar de la instalación en los hogares cubanos de placas fotovoltaicas. Los cubanos no tienen dinero para afrontar la inversión necesaria para la instalación, el mantenimiento y los equipos, unos 3.400 dólares de coste en cada vivienda unifamiliar. Y además, si la red eléctrica no funciona correctamente –entró en obsolescencia hace muchos años y ya se sufrían apagones cuando aún disponían de petróleo–, ¿para qué carajo sirven las placas? Hasta cierto punto resulta fascinante ver y escuchar el dueto demencial de estos dos impostores recorriendo el edificio más protegido por la policía y los servicios de inteligencia de toda Cuba. Pero siempre ha sido así para las izquierdas. A Cuba no se va a entrevistar, sino a ser solidarios con la Revolución, es decir, a mentir y a dejar mentir. En el fondo no existe tanta diferencia entre Bill Maher y Pablo Iglesias. Uno cenó hamburguesa y otro rabo encendido.

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