Hay que tener la piel fina |
Carmen Lancho canta, Dramitas / EP
En la canción ‘Selección natural’, Carmen Lancho canta: “El ejemplo perfecto de la generación de cristal/No me hables con ese tono que me pongo a llorar”. Yo descubrí su álbum Dramitas la semana pasada, en un ataque de piel fina, o en un momento de estos en los que lo único que quieres es meterte debajo de una manta y que tu respiración acelerada la acabe rompiendo. Vulnerabilidad. Protección del dibujo ese de Tarzán y lo rasposo de las partes en la que los pelitos quedaron duros para siempre por tantas manchas de jugo desde que eras pequeña, aunque haya sido lavada mil veces. A la vez, ganas de acabar con los pelitos y el dibujo de Tarzán, con el tacto con el que pretendes aislarte, porque ganas de acabar con algo: el llanto del que habla Carmen Lancho, y creo que nos solemos olvidar de esto, es, esencialmente, un llanto de rabia. Pucheritos colorados.
Conviven en él, entonces, esos dos picos que parecen tan opuestos. Y, porque parecen tan opuestos, le dan sentido. A mi generación (o mis generaciones, porque yo nací en 1995, justo en la frontera entre la generación millennial y la generación Z, y a las dos les achacan esto por igual) se le ha vertido encima ese estereotipo del que habla Carmen Lancho: la generación de cristal, la de les ofendidites, las de quienes no son capaces de aceptar las cositas normalitas de la vida y los comentarios ofensivos de turno que quieren ser, buscan ser, como árboles que nadie plantó nunca jamás aquí en el jardinito. Como malas hierbas *se encoge de hombros* súper naturales.
¿Qué me pasó a mí la semana pasada, que esta tengo como unas mini rajitas en los cachetes por culpa de la sal? Hace un mes, saqué un libro. Un ensayo sobre la escritura como celebración, o consecuencia, del cuerpo. Del cuerpo gordo, en este caso: allí (aquí, porque aquí estoy también ahora mismo) estuve yo, todo el año 2025, investigando y tecleando, apuntando, borrando, intentando, pensando. Trabajando, ¿no?, en sujetar toda mi ira productiva (¿por qué escribe una un libro sobre una opresión si no es por odio y por amor todo a la vez?) con hilitos de lecturas y razonamientos que la dejaran firme y, sobre todo, útil para otras (¿para qué escribe una ensayo si no es para que alguien entienda algo que le ayude a algo?). El libro, como decía, ya salió, y ahora estoy en ese momento de ir a sitios a hablar de él. Exposición, vídeos corriendo por las redes, gente que no te conoce de nada metiéndose a comentar: lo típico.
Por supuesto, como a toda persona con ciertas identidades que habla sobre ciertos temas, me cayó mierda. Trolls anónimos, y no tan anónimos, pensando que un comentario de odio improductivo, jediondo, eructo acidezo, puede rebatir un libro entero: trolls anónimos, y no tan anónimos, pensando que un comentario sobre mi cuerpo puede rebatir un libro entero sobre. Los comentarios hacia los cuerpos. Y lo que podemos hacer con ellos. Es una demencia, sí, y quizá una tontería, porque estaba clarísimo que eso iba a pasar: cuando hablamos nosotras, cualquiera se cree más listo, y es bien sabido que mucha gente piensa que las teorías feministas pueden ponerse en entredicho en cualquier mesa de bar llena de cáscaras de manises, como si no fueran conocimiento sino. ¿Sino qué? En realidad, no tiene que ver solo con el conocimiento, sino con las voces de les oprimides.
En fin. A lo que iba: quizá es una tontería hablar de esto, pero me hizo pensar en lo importante que es llorar lo injusto y, por supuesto, ofenderse. La rabia (que no el odio: ¿puede ser la rabia, quizá, de hecho, lo contrario al odio?) es voluntad de justicia. La rabia es saber que esas raíces de esos pinitos las plantó alguien bastante tiempo atrás. La rabia es resignificar el árbol: no pensarse indefensa. Una generación (¿o dos?, ¿o cuántas?) que llora no interesa porque pone en entredicho unos sistemas de opresión que mueven el mundo. El capital. Las viejas estructuras con manchitas fosilizadas, como mi manta de Tarzán. Y por eso, justo por eso, tenemos que berrear, chillarlo todo, dar pataditas al aire, buscar quién nos escuche, investigar por qué nos sentimos así, entender el mecanismo.
Yo no quiero tener una piel gruesa curtida a la que se le ha formado una capa que ni siente ni pica ni nada para aguantar aguantar porque es lo que hay y punto y te fastidias y cedes ya venga me cago en diez y ve a otres sufrir para siempre cuando cambiarlo sería en realidad tan fácil. Yo quiero los sarpullidos de la esperanza. La rabia es esperanza. ¿Queremos estar tranquilas mientras todo es tan injusto? Me parece falso Rick. Me parece complaciente Rick. Me parece obedecer.