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Por quienes no doblan las campanas

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“¿Oye cloquear los huesos?”, preguntó un minero envejecido (quizá era joven) al pasar al socavón. Yo estaba asustada: la oscuridad sin horizonte; el chapoleo en el barro; las gotas de copajira, una a una, como una letanía; los hombres arrastrando las botas, susurrando por esa boca ensanchada con la coca; la imagen insospechada de un diablo con el pene erecto, aspirando su koyuna.

No era aconsejable andar por las galerías abandonadas. “Ave María Purísima” reza la plegaria y persignarse si se divisa un minero solitario. Seguro es un alma en pena o el Tío disfrazado de la víctima en un aisa.

A la vez estaba fascinada, como todo curioso que entra en las minas bolivianas. Revelan historias de coraje y de fiesta; leyendas en cada recoveco. Desde lejos, la linterna sobre un guardatojo ilumina el camino. Las lámparas Davy ayudan a detectar el gas grisú. Los mineros bolivianos, bajos de estatura en esos años, se vuelven gigantes cuando están juntos, cuando ríen a carcajadas de la parca pisando sus talones.

En la administración de la Corporación Minera de Bolivia había un orden heredado de las empresas privadas. Cada elemento en su lugar: el carro Buick, los rieles, las vigas, los descansos, la jaula; los oficios diferenciados: el timbrero, el parrillero, los carreros, el perforista, el que cargaba la dinamita. Avisaban con tiempo para que todos se refugien........

© El Deber