Nos hicieron creer que no podíamos

La batalla más importante de Santa Cruz no se libra en las urnas. Se libra en la mente de los propios cruceños.

Hace algunos días sostuve en un artículo publicado en el Diario El Deber que, cuando un liderazgo regional comienza a proyectarse como posibilidad de poder nacional, el viejo sistema político centralista reacciona casi automáticamente para neutralizarlo. Porque toda estructura de poder consolidada desarrolla mecanismos de defensa frente a aquello que amenaza alterar su hegemonía. Y Bolivia no es la excepción.

Cada vez que Santa Cruz empieza a insinuar capacidad de conducción nacional, aparecen resistencias políticas, mediáticas, culturales e incluso psicológicas destinadas a recordarle “cuál debe ser su lugar” dentro del país.

Pero quizás existe una dimensión todavía más profunda de ese fenómeno.

Tal vez el mecanismo más eficaz de contención nunca fue solamente perseguir liderazgos, desgastar figuras o bloquear proyectos políticos. Tal vez el mecanismo más poderoso fue otro: convencer a los propios cruceños de que el poder nacional era un espacio reservado para otros.

Durante décadas, a Santa Cruz le hicieron creer algo profundamente limitante: que su papel en Bolivia era producir riqueza, pero no conducir el país.

Se nos dijo -a veces implícitamente, otras de forma abierta- que los cruceños éramos buenos para producir riqueza,........

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