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Oriente Medio, un conflicto de final impredecible

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09.03.2026

El conflicto en Oriente Medio es una herida abierta que atraviesa generaciones. Es posible saber, con mayor o menor precisión, cómo empezó cada uno de sus capítulos. Con las fronteras trazadas tras la caída del Imperio Otomano, el mandato británico, la partición propuesta por la Organización de las Naciones Unidas en 1947, la proclamación del Estado de Israel en 1948 y la primera guerra árabe-israelí. Desde entonces, la región no ha dejado de arder, como si cada tregua fuese apenas una pausa para tomar aire antes del siguiente estallido. 

La creación de Israel y la consiguiente Nakba palestina marcaron el punto de partida de un conflicto nacional, territorial y existencial. Con el tiempo, se superpusieron guerras convencionales entre Estados -como las de 1967 y 1973-, intifadas populares, procesos de paz fallidos y el enquistamiento de una ocupación que ha redefinido la vida cotidiana de millones de personas. Los Acuerdos de Oslo prometieron una solución negociada, pero terminaron convertidos en símbolo de expectativas frustradas.

En las últimas décadas, el tablero se ha vuelto aún más complejo. Actores no estatales como Hamás en Gaza o Hezbolá en Líbano han adquirido un peso decisivo, mientras potencias regionales como Irán y globales como Estados Unidos juegan partidas paralelas que desbordan las fronteras del conflicto original. Cada ataque, cada represalia, cada incursión militar reactiva memorias históricas y narrativas identitarias que dificultan cualquier concesión.

La tragedia es, ante todo, humana. En Gaza, generaciones enteras han crecido bajo bloqueos y bombardeos periódicos. En ciudades israelíes, la amenaza de cohetes y atentados ha moldeado una cultura de permanente alerta. La desconfianza se ha convertido en estructura mental, y el dolor acumulado en argumento político. Las víctimas civiles -israelíes y palestinas- son rehenes de decisiones estratégicas tomadas a menudo lejos del frente, en despachos donde la lógica de la seguridad eclipsa la del entendimiento.

Y, sin embargo, lo más inquietante no es lo que sabemos, sino lo que ignoramos. Sabemos que el conflicto comenzó con disputas territoriales y aspiraciones nacionales incompatibles en un mismo espacio. Sabemos que la ocupación, la expansión de asentamientos y la violencia indiscriminada alimentan un círculo vicioso. Lo que nadie puede predecir es cómo terminará en medio de una conflagración que crece. ¿Habrá dos Estados conviviendo con fronteras reconocidas? ¿Un único Estado binacional? ¿Una prolongación indefinida del statu quo, con estallidos cíclicos cada vez más devastadores?

El contexto internacional añade incertidumbre. La fatiga diplomática, la polarización global y el descrédito de las instituciones multilaterales reducen el margen para una mediación eficaz. La región, además, ya no es el epicentro exclusivo de la agenda mundial, lo que paradójicamente puede volverla más volátil con menos foco, menos presión, más margen para acciones unilaterales.

Este conflicto es un espejo incómodo del siglo XXI. En él convergen nacionalismo, religión, geopolítica y desigualdad. Sabemos cómo empezó porque está documentado en archivos, resoluciones y tratados. Pero su desenlace depende de variables imprevisibles: liderazgos que aún no existen, generaciones que quizá decidan romper con la lógica heredada, o acontecimientos inesperados que alteren el equilibrio actual.

Mientras tanto, Oriente Medio sigue siendo una ecuación sin solución visible. Y el mundo observa, entre la indignación y la impotencia, cómo una historia que comenzó hace más de siete décadas continúa escribiéndose sin un punto final a la vista.

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