Cuando la calle deja de ser segura
El asesinato del librecambista Marcial Franco Salazar Ibáñez, de 72 años, a plena luz del día y en plena vía pública en Santa Cruz de la Sierra, no es solo un crimen más en la estadística policial. Es un episodio que revela con crudeza el deterioro de la seguridad ciudadana en la capital económica del país. La audacia con la que los delincuentes actuaron —sin importar la hora ni la presencia de testigos— confirma una percepción cada vez más extendida entre los ciudadanos: la violencia urbana ha dejado de ser un hecho aislado para convertirse en una amenaza cotidiana.
El caso se suma a una cadena de episodios que han marcado la agenda informativa de las últimas semanas. Asaltos a mano armada en estaciones de servicio, robos violentos contra comerciantes y ataques a plena luz del día muestran que la delincuencia se mueve con creciente confianza. Lo que antes ocurría en horarios marginales o en zonas apartadas ahora sucede en espacios abiertos, en avenidas transitadas y en lugares donde miles de personas realizan sus actividades diarias.
En sectores tradicionales del centro urbano, la sensación de inseguridad se ha vuelto parte de la vida cotidiana. El casco viejo de Santa Cruz, un espacio cargado de valor histórico y simbólico para la ciudad, aparece con frecuencia en los reportes policiales por robos y agresiones. En los alrededores del mercado Los Pozos, donde cada jornada convergen comerciantes, transportistas y compradores, la presencia de delincuentes forma parte de las advertencias que circulan entre quienes trabajan en la zona.
El problema adquiere una dimensión aún más preocupante en las zonas periféricas de la ciudad. Allí, miles de trabajadores, universitarios y escolares deben recorrer diariamente calles de tierra, muchas veces sin iluminación pública suficiente. Esos trayectos se convierten en espacios de riesgo permanente. La precariedad urbana, sumada a la escasa presencia policial, crea condiciones ideales para robos, agresiones y otros delitos que rara vez ocupan titulares, pero que afectan directamente la vida cotidiana de miles de familias.
Frente a esta realidad, la Policía Boliviana enfrenta limitaciones evidentes. La expansión urbana de Santa Cruz ha sido vertiginosa, mientras que los recursos destinados a la seguridad no han crecido al mismo ritmo. El número de efectivos resulta insuficiente para cubrir una ciudad que se extiende cada año hacia nuevos barrios. A ello se suma la escasez de vehículos, equipamiento y recursos logísticos que permitan responder con rapidez y eficacia ante situaciones de emergencia.
El resultado es una sensación de vulnerabilidad que se extiende entre los ciudadanos. La población observa con preocupación cómo la delincuencia gana terreno en distintos espacios de la ciudad, mientras las instituciones parecen reaccionar con lentitud frente a un problema que exige respuestas urgentes.
El tema, por supuesto, ha sido objeto de consultas reiteradas a los candidatos que aspiran a gobernaciones y alcaldías. La seguridad ciudadana se ha convertido en una de las principales preocupaciones del electorado. Sin embargo, las respuestas ofrecidas hasta ahora han sido, en muchos casos, imprecisas o insuficientes. Algunos candidatos han recurrido al lugar común político del “50/50”, planteándolo como una solución estructural para redistribuir competencias y recursos entre distintos niveles del Estado.
Pero la seguridad de los ciudadanos no puede quedar supeditada a debates administrativos o a reformas institucionales que podrían tardar años en concretarse. Caminar por la calle sin miedo es un derecho básico de cualquier sociedad. Garantizarlo exige decisiones inmediatas, políticas públicas coherentes y una coordinación efectiva entre autoridades nacionales, departamentales y municipales.
Mientras las autoridades discuten competencias y los candidatos repiten consignas, la ciudad enfrenta cada día una realidad más inquietante. Los ciudadanos no necesitan discursos ni explicaciones sofisticadas. Necesitan algo mucho más simple y urgente: poder salir a la calle, trabajar, estudiar y regresar a casa con la certeza de que la ciudad que construyen con su esfuerzo también es capaz de protegerlos.
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