Bolivia, un país que se destruye a sí mismo

Bolivia parece condenada a caminar en círculos. Cada cierto tiempo, el país vuelve a sumergirse en una espiral de bloqueos, marchas, paros,  huelgas y protestas que paralizan la economía, fracturan la convivencia y profundizan la incertidumbre colectiva. Las razones cambian; el método permanece intacto. Hoy se protesta por combustibles, salarios, candidaturas, cupos, intereses sectoriales o disputas políticas; ayer fue por regalías, autonomías, censos o reivindicaciones corporativas. Mañana aparecerá un nuevo motivo. Lo alarmante no es únicamente la frecuencia de las movilizaciones, sino la naturalidad con que Bolivia ha terminado aceptando la convulsión como parte de su paisaje cotidiano.

En ningún otro país de la región la protesta ha adquirido semejante capacidad de veto sobre la vida nacional. Carreteras bloqueadas durante días, ciudades aisladas, pérdidas millonarias para productores y comerciantes, suspensión de clases, hospitales afectados y una ciudadanía rehén de conflictos interminables forman parte de una rutina que parece no escandalizar ya a nadie. El derecho legítimo a la........

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