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8 de marzo: entre la ley y la realidad

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08.03.2026

Cada 8 de marzo el mundo vuelve la mirada hacia los derechos de las mujeres. No se trata de una fecha meramente simbólica ni de una celebración protocolar. Es, sobre todo, un recordatorio de las brechas que aún persisten entre los avances normativos y la realidad cotidiana de millones de mujeres. En las últimas décadas, numerosos países han aprobado leyes destinadas a garantizar la igualdad en el trabajo, en los ingresos, en la participación política y en la protección frente a la violencia. Sin embargo, el desafío ya no está solo en escribir normas, sino en hacerlas cumplir.

Un reciente informe del Banco Mundial confirma esta paradoja global. El estudio La mujer, la empresa y el derecho revela que, aunque muchos países han aprobado normas para promover la igualdad económica entre mujeres y hombres, esas leyes se aplican solo de manera parcial. En promedio, los expertos estiman que su cumplimiento alcanza apenas la mitad de lo previsto. El resultado es una brecha persistente entre lo que establecen las normas y lo que realmente ocurre en la vida cotidiana de las mujeres.

El informe añade un dato particularmente revelador: solo el 4% de las mujeres del mundo vive en economías donde existe una igualdad legal casi plena. Incluso en países con marcos normativos avanzados, la aplicación de las leyes y la existencia de instituciones capaces de hacerlas cumplir siguen siendo insuficientes.

Esta brecha tiene consecuencias que trascienden el ámbito jurídico. La desigualdad limita las oportunidades económicas de las mujeres y reduce el potencial de crecimiento de las sociedades. El propio Banco Mundial advierte que garantizar la igualdad de oportunidades no es solo una cuestión de justicia social, sino también una condición necesaria para el desarrollo económico.

Bolivia no está al margen de estas tensiones. En el país se han producido avances legislativos importantes en las últimas décadas, especialmente en materia de participación política y protección frente a la violencia de género. Las mujeres bolivianas han conquistado espacios significativos en el ámbito institucional, hasta convertir a Bolivia en uno de los países con mayor presencia femenina en el Parlamento de América Latina.

Sin embargo, ese progreso convive con profundas desigualdades estructurales. Datos recopilados por organizaciones como la Coordinadora de la Mujer muestran que persisten brechas importantes en el acceso al empleo formal, en los ingresos y en las oportunidades económicas. Muchas mujeres continúan concentradas en trabajos informales o mal remunerados, mientras las responsabilidades del cuidado siguen recayendo de manera desproporcionada sobre ellas.

Pero la dimensión más dramática de esta realidad es la violencia. Los informes de la Fiscalía General del Estado reflejan año tras año un panorama alarmante: feminicidios, agresiones físicas, violencia sexual y miles de denuncias por violencia familiar que evidencian un problema estructural. Bolivia cuenta con legislación destinada a combatir estas formas de violencia, pero la persistencia de los casos y los niveles de impunidad muestran que la norma, por sí sola, no basta.

Respetar y valorar a la mujer en toda su dimensión no debería depender únicamente de códigos o decretos. Es una convicción que se forma en los dos espacios fundamentales donde se construye el carácter de las personas: el hogar y la escuela. Allí se aprende —o se desaprende— la igualdad, el respeto y la dignidad.

El 8 de marzo debe ser también una invitación a revisar nuestras prácticas como sociedad. Porque una comunidad que normaliza la violencia o tolera la injusticia no solo falla a las mujeres: se falla a sí misma. La verdadera igualdad se construye con conciencia, educación y compromiso colectivo.

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