La forma más hermosa de perder el tiempo
Mientras escribo estas líneas, Bolivia sigue siendo Bolivia: bloqueos, discursos racistas e intolerantes, incertidumbre económica, autoridades que prometen milagros con presupuesto ajeno o inexistente, analistas que explican el país con la misma precisión con la que un brujo lee el futuro en una taza de café y redes sociales donde cada ciudadano se siente obligado a emitir sentencia antes de que los hechos terminen de ocurrir.
Y, sin embargo, durante un mes buena parte de la humanidad decide concentrarse en asuntos cuya importancia práctica es cercana a cero: ¿llegará Japón a cuartos de final? ¿Fue penal? ¿El VAR tiene alma? ¿Acaso España no era favorita? ¿Es legal que alguien llore por un gol convertido a diez mil kilómetros de su casa?
Si un antropólogo extraterrestre aterrizara estos días en la Tierra, probablemente concluiría que nuestra especie destina una cantidad desproporcionada de energía emocional a veintidós personas que corren detrás de una pelota. No estaría equivocado. Pero tampoco habría entendido del todo el fenómeno.
Visto desde cierta distancia, el Mundial parece una gigantesca irresponsabilidad colectiva. Y tal vez lo sea. Pero sospecho que también........
