Michelle Bachelet, el mundo no basta

Cada pueblo tiene su poema. Una leyenda que lo explica mejor. La de España, es decir la de la América hispana, también empieza con un exilio: el del Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, que llora al abandonar su tierra. Este mismo Cid que al final del poema gana una batalla en Valencia cuando todos lo daban por muerto. Muerto estaba, y ese fue el motivo de su victoria, la sorpresa de ver un muerto cabalgando delante de todo el resto de sus caballeros.

Esa es la lección que los moros no aprendieron a tiempo: que a un Campeador, a un luchador, a un mito, no se le puede dar por muerto ni siquiera cuando ha dejado oficialmente de respirar. Es una lección que Kast y su equipo de relaciones exteriores olvidaron a la hora de retirar su apoyo a la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU. Pensaron, como los moros en Valencia, que sin el apoyo de Estados Unidos y del lado Orbán del mundo, su nombre sería apenas testimonial. Pensaron que era más urgente darle una señal de lealtad a Trump, el hombre más poderoso del mundo en ese minuto. No sabían, aunque era fácil de adivinar, que toda esa exhibición de poder escondía una gigantesca impotencia. No sabían, aunque era fácil recordarlo, que Michelle Bachelet se hace grande en el rechazo, crece en el desprecio y jamás abandona nada de lo que se propone.

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